Revista tlahtoa
Publicación bimestral
Noviembre 2017. Número 33

 

Selección natural.


Fernando Hernández Almaraz*


Leticia me sacó del fango. Antes de conocerla, el porvenir de la flora y la fauna chiapaneca me tenía sin cuidado. Ella descubrió en mí al ecologista que todos llevamos dentro. Por ella leí a Darwin, Linneo y al Subcomandante Marcos. Y todo para qué, para destruirme después con su indiferencia y su ligereza de cascos.

Es cierto que lo nuestro no fue producto de una atracción animal, ni tampoco amor a primera vista –como afirman algunas lenguas viperinas-. La primera vez que la vi, estaba sentada frente a la jaula de los orangutanes en Chapultepec. Intentaba, desesperadamente, establecer contacto con ellos. Se mostraba indiferente a los niños, a los globeros, al paisaje soleado de una tarde de mayo, como sólo puede hacerlo una doctora en zootecnia con especialidad en macacos chiapanecos. Ignoraba todo, excepto mi poderosa masculinidad. En especial cuando vio la rapidez con que me levanté después de haber resbalado con las cascaras de plátano que ella había tirado. Estaba a punto de recordarle a la autora de sus días cuando la vi salir de su letargo para decirme.

    • ¿Te caíste?
    • No, estoy mirando la jaula de las hormigas.
    • Disculpa, es que paso tanto tiempo en la selva que en ocasiones me olvido que no estoy en ella.

La perdoné ahí mismo, Cuando se levantó, no pude evitar ver unos pantalones verdes muy ajustados que guardaban lo mejor de su personalidad. Así empezó nuestra relación. Ella se sentaba todas las tardes frente a las jaulas de los monos; yo iba a espiarla. En ocasiones le llevaba unos plátanos que recibía gustosa y compartía con un gorila que me miraba con no muy buenos ojos, celoso quizá de las sonrisas que su amiga me obsequiaba. Apenas llegaba yo, el animal comenzaba a gruñir golpeándose el pecho con ambas manos. Para limar asperezas, ella me dijo: “lo mejor es que te acerques y trates de acariciarlo como muestra de amistad”.

La idea me aterrorizó, pero acepté. El gorila resultó demasiado afectuoso. No sólo se conformó con estrechar mi mano, incluso me atrajo hacia él y, apretándome contra las rejas, me dio un abrazo tan fuerte que de no ser por el guardia del parque hubiera terminado dentro de la jaula. Cuando desperté del desmayo ella me tenía entre sus brazos, mirándome con la misma ternura y devoción con la que miraba a sus changos. Entonces vi mi oportunidad. “Me falta el aire” –dije-. Y me pegue a sus labios como una sanguijuela. Cuando consiguió zafarse, le pedí en tono doliente: “Acompáñame a mi casa; siento las costillas rotas”.

Nos levantamos y caminé apoyado en las partes más protuberantes de su cuerpo. Entrando a mi casa, intenté convencerla de que me enseñara –aunque tenía una idea- como copulaban los macacos. Pero no pude. Me dolían mucho las costillas. Así que tuve que conformarme con la promesa de que, hasta que me recuperara, me visitaría todos los días antes de ir al zoológico.

Pasaron varias semanas. La relación se deterioraba. Ella no hablaba de otra cosa que de monos. Y a mí no me interesaba nada más que imitarlos en su apareamiento. Entonces apareció él. Un zoólogo con fisonomía simiesca le ofreció ir con él a la selva lacandona para estudiar los pocos macacos que quedan en la región. No lo dudó. A pesar de mis súplicas y mis intentos de suicidio por asfixia se fue. Me sentí parte de un estudio comparativo. Comprendí que, en realidad, nunca me amó. En la primera oportunidad me cambió por un espécimen más fuerte, acto con el cual aseguraba la supremacía de su especie. Darwin tenía razón, sólo los más aptos consiguen aparearse con éxito. Sin embargo, me queda el consuelo del gorila de Chapultepec. Lo visito de vez en cuando para pasar la tarde comiendo plátanos.

* Fernando Hernández Almaraz es licenciado en letras hispánicas por la UNAM, en el Colegio de Bachilleres, su cuento “Selección natural”, presentado en el concurso “Vive la vida”, fue ganador del primer lugar.

 

 

 

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