Revista tlahtoa
Publicación bimestral
Marzo 2018. Número 35

 

RESISTENCIA Y CRONICA DE UNA CRUCIFIXION ANUNCIADA

EDMUNDO RIOJA CASTAÑEDA*

Vivo en un pueblo que existe desde antes de la llegada de los españoles, en este pueblo que tiene por nombre Tlaltenco, las tradiciones todavía son practicadas con mucho respeto. Las tradiciones que se practican en mi pueblo están envueltas de un ropaje cristiano católico, pero llevan en el corazón la marca de ese pasado indígena que aún es el sello distintivo de la casa.

La dualidad sigue estando presente como característica indisoluble de la vida colectiva e individual de este grupo social. El ejemplo evidente es la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús fusionada con el espíritu comunitario de un pueblo que sigue siendo comunidad.

La calle donde vivo es quizá la calle más vieja del pueblo, San Francisco se llama actualmente, pero probablemente fue trazada desde antes con un vocablo náhuatl y con cimientos de piedras antiguas, como las bases de la casa en donde vivo, pues no es extraño encontrar un canto tallado al lado de un pedrusco en crudo. Producto de una historia más reciente en esta avenida todavía observamos grandes construcciones pétreas que tuvieron su origen en el Siglo XIX, antes del porfiriato. Por esta calle, año con año, transitan las personas que acompañan en procesión la imagen doliente del señor Jesús.  

La procesión es triste porque el motivo que reúne a los vecinos es recordar la pasión de Cristo rumbo a la cruz, cada año veo los rostros recios de los señores que arrastran una cruz, las caras afligidas de las señoras que cargan un hijo o un nieto pequeño, los ojos distraídos o tal vez exploradores de una chica o de un joven que buscan un muchacho o una muchacha, y los rostros acalorados y sufrientes de los niños, que obligados por sus madres acuden a esa cita sin saber a que van.

El desamparo y la desolación se puede ver en la gente que camina, cada uno lleva su cruz por dentro y va pensando en las faltas que cometió y sufre por ello junto con el Jesús que marcha rumbo a su crucifixión anunciada.

La marcha es desconsoladora, pero si se mira con un poco más de profundidad, encontramos la alegría de un pueblo que canta a la vida en medio de esa aflicción. Para recibir a la procesión desde unas semanas antes se organizan los vecinos, en la compra de los adornos mortuorios que se colgarán en la calle: el papel picado, las cortinas y los moños morados, las palmas y las ramas de árbol que simularán una brecha en el campo.

Para colocar los adornos en las calles los vecinos trabajarán en conjunto desde un día antes, recordando en su memoria colectiva que una comunidad lo es porque los compromisos religiosos se hacen en común y se les llaman tradiciones. Los jóvenes con la sonrisa abierta a todo el que la quiera ver se suben a los postes y colocan los adornos de papel y plástico como enredaderas artificiales, sin excusa del albur que en la punta de la lengua remata la broma. Las muchachas adornan sus ventanas para que ellas y sus casas se vean lindas, como un hermoso medio día de Abril.

Los mayores solo supervisan las acciones de los más jóvenes,  recordándoles que no es una fiesta la del día de mañana, sino una celebración mortuoria a la cual hay que acudir con respeto; pero acto seguido, sacan las sillas y cervezas del interior de sus casas y se sientan a echar la copa y a platicar con el vecino de al lado, saludando y gastando bromas a la gente que pasa. En esta tarde de Abril la vida es alegría y es fiesta  en la calle que un día después verá pasar la imagen de un hombre que sufre.

Allá, a lo lejos, doblando la esquina, se llega al cerrito en donde esta ubicada la capilla del calvario y hoy, ya es mañana. Terminó la procesión y ahora se levanta la cruz con el Jesús de madera crucificado, ahora los rostros son de piedra, nadie ríe a todos les duele la muerte del hombre que les dará vida.

Ya es de tarde, se escuchan las palabras del sacerdote con respeto y devoción, termina el ritual oficial, el sacerdote se marcha un rato en medio de su sequito y una parte del pueblo se queda a acompañar al hombre crucificado.

Ahora comienza la verdadera celebración del pueblo, ahí mismo, en el cerrito del calvario, las señoras descubren sus canastas e invitan a comer a todo mundo, los señores abren sus morrales y convidan a sus amigos de la bebida que llevaban preparada, los muchachos buscan furtivamente a la muchacha que los trae de un ala y los niños, por fin los niños pueden jugar en la calle o en medio del atrio de la capilla del calvario.

Y ahí el pueblo es comunidad, convive, todo mundo se saluda, todo mundo se encuentra a los amigos y comadres que hacía tiempo no veían y ahí las más alegres son las abuelitas, porque vieron a su amiga de la infancia que todavía vive y se ve muy derechita y tienen la oportunidad de preguntarle ¿cuántos nietos tiene Doña Dominga? ¿Qué sabe usted de Doña Sara? Que bonita estuvo la procesión y las palabras del padre. Y ahí donde la comunidad está de alguna forma recordando la vida, también esta el Cristo crucificado muriendo en la cruz.

La dualidad, la muerte y la vida juntas en un pueblo que no termina de resistirse culturalmente, en un pueblo que entiende que la muerte es también el principio de la vida. La dualidad, es quizá el milagro que el pueblo y Dios permiten a quienes se atreven a resistir la pérdida de sus raíces.

 

 

Bibliografía:
EL CORAZON DEL MUNDO. Hans U. V. Balthasar. Ediciones Encuentro.
MEXICO PROFUNDO. Guillermo Bonfil Batalla. Editorial Debolsillo.
VIDA Y MISTERIO DE JESÚS DE NAZARETH. José Luis Martín Descalzo. Ediciones Sígueme.

* EDMUNDO RIOJA CASTAÑEDA es sociólogo y educador.

 

 

OTROS ARTICULOS DE INTERCULTURALIDAD


La explicación del mundo a partir de los conocimientos de los pueblos originarios.

EL AMATE.

 

 

 

 


correo: tlahtoa2012@gmail.com

facebook