Revista tlahtoa
Publicación bimestral
Noviembre 2017. Número 33

 

El CENICIENTO

Al caer la tarde, Don Silverio se dispuso a guardar a sus pollos en un corral de otate. En tanto que su esposa, Doña Eduvina, se apresuró a atizar las brasas del fogón; casi al momento se sentó en cuclillas sobre el suelo, se pasó el rebozo por el cuello dejando al descubierto únicamente sus ojos. En seguida puso el metate enfrente, la cubeta de nixtamal a un costado y una jícara con agua al lado derecho. De manera rítmica colocaba un montón de nixtamal sobre el metate y luego con la mano del metate los amortajaba repetidas veces hasta obtener la masa.

Sentados los dos, alrededor del fuego, planeaban las tareas del día siguiente.

En estas estaban, cuando de pronto un ruido estremecedor se escuchó sobre el techo de lámina, luego un grito desgarrador, parecía el de un jabalí acribillado.

Don Silverio se paró de golpe y de un solo tajo desenfundó el machete. Empuñando la hoja se acercó debajo de la parte donde se pandeaba la vigueta.

La criatura extraña no dejaba de moverse, parecía que se resbalaba o que intentaba pararse y volvía caer. En estas estaba cuando se escuchó el crujir de las vigas y luego todo el techo se vino abajo.

Don Chevo y su esposa quedaron aturdidos. Cuando el señor recupero la calma, corrió a avisar a las autoridades. La autoridad lo escuchó atento y sin pestañear y, sin más, dio la orden para que se tocaran las campanas, en señal de emergencia.

Al poco rato, se encontraban reunidos todos los comuneros en el atrio de la iglesia. La orden de la autoridad fue precisa, capturar viva o muerta a la criatura.

Escuchada la resolución, se afilaron los machetes y se prendieron las antorchas de ocote.

Entre el tumulto solo se escuchaba, ¡tú vete por el camino que da allá por el terreno de Venancio! Yo me voy por el arroyo Prieto !Esa criatura no debe de estar muy lejos¡

Las mujeres y los niños atrancaron las puertas de las casas y a través de las rendijas solo murmuraban. En minutos, todo aquello era un pánico indescriptible.

Las autoridades dieron la orden de cerrar los caminos y no dejar salir ni entrar a nadie hasta que se esclareciera el caso.

Alrededor de las 4 de la mañana todos volvieron al patio de la agencia. Nadie decía nada, solo el cuchicheo, ¿qué será? ¿No será un nahual?, ¡para tumbar el techo de la casa debió ser un animal grande! Desesperados, a coro gritaron:

-       ¡Que Don Chevo pase al centro para dar más detalles!

El señor solo atinaba a decir que esa criatura cayó sobre el techo, luego sobre la lumbre; se levantó de golpe, dio dos vueltas alrededor de la habitación buscando la puerta, sin dar con ella atravesó la pared de madera y se fue rodando hasta el arroyo.

-       ¿Pero vio usted que era una persona? ¿o qué forma tenía? Le preguntaba la autoridad
Ya desesperado, le respondió:

-       ¡Que no lo vi bien, solo que era grande, como un tapir!

Sumidos en el temor, por lo descrito, decidieron pasar la noche en vela.

Tres días después, la autoridad tomó la determinación de convocar a las autoridades vecinas para narrar lo ocurrido y en conjunto unir esfuerzos para capturar a la criatura.

Quince días después, alguien encontró un par de sandalias a la altura del santuario de la virgencita de Juquila, muy cerca de la cantina de Tomasina.

¿Alguien habría ofrecido sus sandalias? ¿qué era aquello? ¿una profanación?

Estas situaciones, siguieron sumiendo en el miedo a los habitantes.

Las sandalias fueron recogidas con cuidado y entregadas a las autoridades comunitarias.

Alguien dijo que quizá la chancla tenía conexión con lo ocurrido en la casa de Don Chevo, que porque en la ceniza se miraban las huellas de un pie grande.

Sin más preámbulos se dio la orden para que los topiles corroboraran la información. Y así se hizo. De manera quirúrgica se colocó una chancla sobre la huella, ¡oh sorpresa, la criatura extraña tomaba forma humana!

Confirmado el asunto, la autoridad dijo tajante a los topiles:

-       ¡Me traen a todos los habitantes del pueblo, que no falte ninguno, vamos a ver quién fue el graciosito!

Reunidos en el salón social, se dio la orden de que todos se midieran la sandalia, uno por uno, hasta dar con el dueño.

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Mientras tanto, y en desconocimiento total de lo ocurrido, Mönk, oriundo de Matagallinas -lugar donde se desarrollaba el suceso-, llevaba un mes en la borrachera.

Algunos decían que eso era normal, otros que era una cuestión de desamor, otros más que era sujeto de un embrujo. Pero nadie sabía lo que acontecía en el ánima de Mönk.

Así permaneció por otros 15 días en la comunidad de Tepantlali. Luego se fue por otros tres a Zompantle, uno más en Quetzal y medio día en San Isidro.

Hasta que un día dijo:

-       Ya estuvo, iré a ver a mis papás, aunque sea un día.

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Para llegar a la casa de sus padres, se tiene que atravesar la agencia municipal, luego pasar por detrás del templo católico, después agarrar una vereda de piedras y finalmente se divisa una casita modesta junto al arroyo.

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Llegó a Matagallinas como a las 6 de la mañana, pasó frente a los topiles y sin levantar la mirada los saludó en voz baja. De reojo, vio sobre la barandilla de la cárcel unas sandalias, muy parecidas a unas que había comprado en la feria de Ayutla. Estaba a punto de preguntar por la situación de las chanclas, pero prefirió caminar.

Llegado a su casa, lo primero que contaron sus padres fue lo ocurrido hacía tres meses. Le platicaron de la criatura que derrumbó la casa de Don Chevo, de la búsqueda, de las chanclas encontradas. Todo con detalles.

Al término de la narración del suceso, Don Teo, padre de Mönk, se encaminó hacia el patio, y desde ahí, habló en voz alta:

-       ¡Seguramente te mandarán a llamar, eres el único que falta por probarse las chanclas, ya todos pasamos y a nadie le quedó!

 

Alonso Quijano.

 

 

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