Revista tlahtoa
Publicación bimestral
Marzo 2018. Número 35

 

EL AMATE

Eran como eso de las seis de la tarde cuando Ufemia llegó toda apresurada al pie de aquel amate que da allá por los límites de San José de las Yacuas; Rogaciano desde hacía una hora que la esperaba con el alma de rodillas.
De prisa se tomaron de las manos y así permanecieron por media hora. Ninguno se atrevió a romper el silencio, ella al igual que él hacían lecturas sobre el horizonte de sus miradas. Minutos después se soltaron, él sólo atinó a decir:

- ¿Mañana a la misma hora?

- Ella con un nudo en la garganta le respondió:

- Sí, a la misma hora. Trataré de llegar más temprano, hoy mi mamá me puso a cuidar el nixtamal.

Y sin decir más, ella se fue encumbrando entre los naranjales. Por su parte Rogaciano esperó a que cayera la noche, después montó en su caballo y, bajo la luz de la luna cruzó la mojonera de Don Everardo hasta llegar a la iglesia del pueblo, al pasar frente a ella se santiguo tres veces y luego besó la medallita de San Judas Tadeo que colgaba de su cuello.

Tres años de novios y él no sabía dónde acabaría aquello, se imaginaba escenarios, pero ninguno con posibilidades de realizarse. Él, siendo de San José de las Yacuas, arriesgaba su vida y la de su comunidad, puesto que ni sus padres ni las autoridades permitirían tal injuria. San José de las Yacuas y San Consternación se habían declarado enemigos acérrimos y nada ni nadie cambiaría eso.  El párroco en algún momento convocó a las autoridades para tratar de llegar a acuerdos de paz y ahora era difunto; lo mismo ocurrió con dos agraristas.
  
La relación continúo así por dos años más, hasta que una tarde Rogaciano le propuso a Ufemia abandonar a sus padres y marchar hacia Monterrey.

- ¿Escaparnos? ¡Mis padres me matarían! ¡No, no puedo! He aprendido a amarte como no te imaginas y si sólo puedo tener tus tardes, con ellas me conformo.

Él la siguió escuchando atentamente sin dejar de mirar sus negros ojos. Con el corazón agitado a voz quebrada respondió:

- Ufemia, ya no puedo más, te amo con honda locura y si no puedo tenerte conmigo para mí sería mejor que dejáramos de vernos, quiero correr todos los riesgos que conlleve este amor, pero si no estás dispuesta a correrlos conmigo que este sea el final.

Dicho esto, montó en su caballo y se fue con el alma deshecha. No volvió al amate por tres meses, hasta que un domingo ya no pudo más. Cuando llegó ahí estaba Ufemia. Antes que desmontara de su jamelgo ella lo alcanzó y le dijo:

- He regresado todas las tardes con la esperanza de verte y aquí te veo, no sabes lo dichosa que soy.

Los dos rompieron en llanto, Rogaciano no dejaba de abrazarla y besarla vehementemente. Mientras Ufemia se enjugaba los ojos le dijo que quería conocer Monterrey lo más pronto posible.

- Voy a juntar lo de nuestros pasajes, en cuanto lo tenga nos vamos.

Y así lo hicieron, se encontraron en el amate un domingo por la mañana y el lunes por la tarde llegaban a Monterrey.

El alazán regresó al pueblo sin su jinete, al llegar a la casa de los padres de Rogaciano no dejaba de resoplar y de patear el suelo, como presagiando una oscura noticia. Primero lo buscaron en el rancho, luego en las cantinas y nadie daba razón de él; fue cuando dieron parte a las autoridades.  
Una situación similar se vivía en San Consternación. Engracia, la madre de Ufemia, corrió a la casa de sus hermanos por si acaso ella había pasado la noche con ellos, pero nada. Qué podría haberle ocurrido, ella siendo tan silencita quién podría atentar contra su persona. Engracia con el machete en la mano exigía a las autoridades que buscaran a su hija y los responsabilizaba de lo que pudiera ocurrirle.
Esa tarde repiquetearon al unísono las campanas de los dos pueblos, cada uno en la esperanza de encontrar con vida a sus retoños. Ocurrió que se encontraron en la ribera del río Ëxkatsp, pero sólo cruzaron miradas y cada uno siguió en su diligencia.  
Al no dar con Rogaciano, la asamblea de San José de las Yacuas tomó la determinación de esperar quince días y si al cabo de ellos no aparecía se realizarían los preparativos para el velorio, y de aquel suceso no se hablaría más. Engracia, por su parte, dijo:

- ¡Hasta que aparezca!

Seis meses después sucedió que otros dos jóvenes, mujer y hombre, desaparecieron de los pueblos. Y luego otros dos.  Al cabo de cinco años 10 personas por cada comunidad abandonaron a sus familias.

Cierto día Rogaciano y Ufemia tomaron la determinación de volver a sus pueblos, no podían huir toda la vida. Además, los niños tenían derecho de conocer a sus abuelos.
Cuando Ufemia llegó a su casa contó a detalle lo sucedido, de lo planeado, de su vida en Monterrey, del nacimiento de los dos niños y de su deseo de vivir en paz. Engracia la escuchó atenta sin chistar palabra, hasta que de tajo interrumpió la plática:

- ¡No puedes casarte con ese charro! ¡Cásate con quien quieras, menos con ese!

- ¡Madre, ya tengo una familia con él, y soy muy feliz!

- A ti y a tu hermano los crecí sola, así que no me vengas con ese cuento. No quiero que vuelvas a verlo o si no haz de cuenta que no existo, que después de 6 años ya aprendí a estar sin ti.

Mientras tanto en la casa de Rogaciano se apresuraban a encontrar una salida a la vida de los enamorados.

- ¿Por qué no haces tu casa en el terreno que tenemos colindante con San Consternación?

- Padre, en cualquier momento me matarían, ahora que todos saben que me robé a Ufemia estoy expuesto.

- Insisto, haz tu casa allá; así tu esposa podrá estar más tiempo con su madre. Y si te buscan te pierdes para la montaña.

Así se hizo, Rogaciano construyó una modesta casa, muy cerca del amate, y allí se llevó a vivir a su familia. Engracia tardó tres años en perdonar a su hija y, guardó silencio eterno con Rogaciano.

Un diciembre ocurrió que todos los jóvenes desaparecidos volvieron a la casa de sus padres y siguieron el ejemplo de Rogaciano, construyeron sus casas en las colindancias de San Consternación.
Al ver tal gesta, los muchachos de San Consternación se hicieron de valor y se robaron a algunas jovencitas de San José de las Yacuas. Y para no entrar en pleitos añejos también se fueron a vivir en las colindancias.
Los prófugos en algún momento asumieron cargos comunitarios y cuando eso ocurrió depusieron las armas.

El camino que rodeaba San Consternación ahora pasa por en medio del pueblo, es, por así decirlo, la calle principal para las dos comunidades. A la fecha, a los pueblos los separa un amate frondoso y fresco, están tan cerca uno del otro que parecen uno mismo.

 

Jaltepec de Candayoc a 22 de noviembre de 2017.

Alonso Cervantes

 

 

OTROS ARTICULOS DE INTERCULTURALIDAD


La explicación del mundo a partir de los conocimientos de los pueblos originarios.

Resistencia y crónica de una crucifixión anunciada.

 

 


correo: tlahtoa2012@gmail.com

facebook