Revista tlahtoa
Publicación bimestral
Enero 2018. Número 34

 

Los Federales


De un golpe cayó de bruces sobre la tierra y la culata del rifle volvió a estrellarse sobre su frente. La sangre que a borbotones salía de su sien le cubrió el rostro y a través de su cuello se iban formando pequeños hilos que comenzaban a teñirle de rojo la guayabera blanca. Su respiración agitada le llenó la nariz de sangre y tierra, y cada vez que jalaba un poco de aire parecía ahogarse.

--¿Dónde están tus compañeros? –Preguntó enojado el Comandante.
Gonzalo solo atinó a mover la cabeza tratando de decir que no sabía nada.
 El comandante se giró hacía sus compañeros maldiciendo y llevándose las manos a la cintura. Sin saber qué hacer pateó fuertemente las costillas de Gonzalo.
--¿Dónde están hijos de la chingada? –volvió a interrogar.
Gonzalo que se retorcía en el suelo no le respondió.
--Ordoñez tráigase dos tehuacanes –expresó sumamente molesto- haber si es cierto que este indio no mastica el español.
El comandante Olvera mientras daba vueltas alrededor del desfallecido se comenzó a arremangar las mangas de la camisola.
--Levántate cabrón –le ordenó el comandante.
Gonzalo se sostuvo en un brazo pero volvió a caer.
--¡Que te levantes hijo de tu chingada madre!
Solo el medio abrir y cerrar de los ojos del aprehendido le respondieron.
--Levántenlo y pónganlo en esa silla –ordenó a sus secuaces que observaban absortos al moribundo.
--Ordoñez apresúrese, parece mujer parida.
Los militares sentaron a Gonzalo en una silla de madera y se limitaron a esperar las órdenes.
--Sujétenlo por los brazos y usted sosténgale la cabeza.
El comandante agitó fuertemente el agua mineral y se lo puso de golpe en la nariz.
--Ramírez no sea pendejo y dóblele la cabeza hacia atrás – a su vez que vaciaba todo el contenido de la botella.
--¿Dónde están tus piojosos compañeros? –volvió a preguntar.
El cuerpo desvanecido de Gonzalo no mostró reacción alguna.
--Comandante ya lo matamos –expresó temeroso Ramírez.
--No creo, estos indios son más recios que una mula, pero suéltenlo por si las dudas.
Gonzalo se desplomó sobre el suelo quedando boca abajo. A los diez minutos tosió fuertemente y de su boca, nariz y ojos comenzó a escurrirle una especie de agua amarilla.
--¡Que les dije, estos patarrajadas son como los tlacuaches, se hacen los muertos para escapar del peligro!

El comandante Olvera se apresuró a tomarlo por el cuello de la camisa y a interrogarlo una vez más. Gonzalo que a decir verdad no sabía nada, seguía confundido, no sabía por cuáles compañeros le preguntaban. Sospechaba que había sido aprehendido por las cinco toneladas de marihuana decomisadas y nada más. Todo el pueblo se dedicaba a la siembra de la yerba; la mayoría trabajaban en grupos; sin embargo Gonzalo desde que había conseguido la semilla decidió trabajar por su cuenta, así que no sabía dónde se encontraban y aún si lo supiera, hubiera dado la vida por no delatarlos.
 Al no encontrar la respuesta deseada el comandante lo azotó contra el suelo una y otra vez.
--¿Qué cuentas le voy a llevar al Coronel Mejía? ¿Qué se nos pelaron? ¿Qué son más cabrones que nosotros? ¡Carajo! –Expresó al momento que pateaba ferozmente los testículos de Gonzalo.
--Ramírez tráigase la batería y los cables, si se va a morir que se muera, pero de aquí no nos vamos hasta llevarnos unos cuantos greñudos…y ustedes no se hagan pendejos y pónganlo de pie.
Los militares se apresuraron a levantarlo y a quitarle los pantalones.
--¿Qué procede mi comandante?
--Mójenle los gûevos y amárrenlo a la silla.
El comandante le ofreció una última oportunidad y después le colocó los cables pelados en los testículos. Gonzalo lanzó un grito lastimero que se guardaba en el cerro de las iguanas y al instante perdió el conocimiento.
--¡Ya se lo llevó la chingada! –Expresó asustado el comandante- Échenle agua haber si despierta.
Esperaron durante algunos minutos, pero al ver que el cuerpo no reaccionaba el superior ordenó que lo subieran a la camioneta.
--Si reacciona nos lo llevamos al cuartel, si no, lo tiran por aquí adelante.
 Después de andar un par de kilómetros el comandante les preguntó.
--¿Ya despertó?
--Aún no. – le respondió Ordoñez.
--Pues qué esperan, tírenlo.
Con el carro en movimiento arrojaron al sospechoso.
--Comandante, ¿Qué hacemos con el otro?
--Métanle un balazo por el culo –Respondió a gritos.

mariguana

Estábamos prensando la marihuana en casa de mi compadre Odilón cuando un compañero de la Colonia El Zapote corrió a avisarnos que los federales llegarían en tres días por el rumbo de Palomares. Que no venían como en otras ocasiones que sólo quemaban el sembradío y se regresaban. Esta vez traían órdenes de llevarse a todos, así fueran niños o mujeres.
--¡Sino llegan por la mañana, llegarán del medio día pa´bajo! –dijo y se dio la vuelta. Todos nos quedamos mirando cómo se iba perdiendo entre los arbustos de vara negra y yacua. Cuando no lo vimos más un vuelco me sacudió el estómago y un frío me subió por toda la espalda hasta la altura del cogote.
--¿Qué hacemos? –Preguntó temeroso Ladislao mientras se enconchaba sobre la silla.
--Pues, agarrar pa´la montaña, ni modo de hacerle frente… no duraríamos ni cinco minutos –Le respondió mi cuñado Rufino.
--¡Pero el comprador también llega el martes! –Dijo Ladislao.
--Pues tendrá que responder por nosotros –respondimos a coro.
--¿Por qué vamos a huir?, que vengan, aquí los vamos a esperar, no nos pueden acusar de nada, no hay evidencia, ya todo lo cosechamos, solo falta tu compadre Melquiades – dije señalando a Rufino-. Mañana nos vamos  a aminorarle la friega, escondemos toda la yerba en la falda del cerro y el martes nos encontraran desgranando maíz.
--Tiene razón mi compadre –interrumpió Odilón-, si nos huimos pa´la montaña corremos el riesgo de quedarnos sin tierras. Acuérdense que el gobierno aún no quiere reconocernos estas tierras. Aunque ya nos dieron la resolución nos pueden mandar de regreso.
--¿Y si traen la orden de levantar a todos sin importar si haiga o no haiga evidencia? Recuerden que con éste van tres años que mercamos y todos los del rumbo lo saben, sólo falta que los verdes le pregunten a alguno y ya nos torcieron– Dijo Toribio que no había dicho nada.
Era el mes más caluroso. El sol se estaba poniendo sobre nuestras cabezas y el olor de la marihuana nos llegaba fuertemente como si estuvieran quemando malva.
Por un momento nos quedamos callados. Estábamos entre una bejuquera. La tierra por la que peleamos por más de diez años estaba a punto de abandonarnos.
--Lo mejor será que nuestros escuincles y señoras agarren pa´llarriba y nosotros esperamos a los guachos en una asamblea –Con esto rompió el silencio Rufino.
--Me parece bien lo que dice Rufino, pero deberíamos de mandar a alguien a encontrarlos en Revolución para saber si vienen muy calientes. Si vienen bravos no tiene caso esperarlos –Dijo Ladislao-.
--Entonces los esperamos todos, si vienen de buen modo hablaremos y si no, pues ahí que les haya –Manifestó mi compadre Odilón.
Toribio continuó deshijando, mientras nosotros tres volvimos a meterle yerba a la prensadora.
--¿Ya pensaron quién les irá a esperar?
Al escucharme todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo.
--Los que mejor conocen la vereda son Ambrosio y Rogaciano porque pa´ ese rumbo tienen sus tierras –Dijo Toribio.
Ladislao, Rufino y mi compadre Odilón movieron la cabeza aprobando lo que había dicho mi sobrino.
Desatado el último nudo del mecahilo mandé a dos de mis hijos a avisarles a todos los del pueblo y que se trajeran a rajatabla a Pocho y a Chano.
Pocho y Chano llegaron antes que mis retoños. Enseguidita de saludarlos, todos agachamos la cabeza para ver los pies de Ambrosio. A pesar de que todos nos conocíamos, nos seguíamos sorprendiendo de sus pies anchos y sus uñas negras, y sobre todo porque andaba a pura pata pelada. Nosotros ya hacia reteharto tiempo que habíamos aprendido a calzarnos los huaraches de doble correa; el único que sabía calzarse zapatos era Esteban. Un día se fue pa´ Monterrey a dejar una carga y cuando regresó traía puesto unos zapatos negros, de esos que casi reflejaban el rostro de uno. En el siguiente viaje que hizo muchos de nosotros le encargamos que nos trajiera uno como los de él y verda´ de Dios que nos trajo a todos, parecía el panadero de Guichicovi cuando llegó con su caja de huevo. Al otro día me los puse pero sentí que me quemaban, así que volví a ponerme los huaraches.
 --¿Para qué nos mandaron llamar? – preguntaron impacientes.
En tres palabras les platiqué en la encrucijada que nos encontrábamos. Ellos se mostraron dispuestos a esperarlos a las orillas del rio Juñapan, aunque insistieron en que los únicos que deberíamos de huir fuéramos los hombres y que las mujeres se quedaran a esperar al tropel. Más de diez veces Virgilia les burló el retén que los verdes pusieron por Cosoleacaque y cuando la agarraron supieron que las mujeres eran tan decididas como nosotros, así que no podíamos dejarlas porque era casi seguro que se las llevarían. Muchos de nosotros nos acordamos de cuando la bajaron del guajolotero que iba rumbo a Coatza. Doña Filiberta que por esa temporada llevaba a vender hierba mora le tocó viajar en el mismo autobús en el que viajaba Virgilia y ella fue quien nos hizo saber que la habían detenido. Según cuenta doña Fili que cuando los verdes la bajaron del guajolotero ella les dijo:
--¿Por ese poquito me van a detener? De plano ya ni la chingan ustedes.
De los 120 kilos que llevaba solo 50 aparecieron en la sentencia.
Al final todos estuvimos de acuerdo en esperar y si había que huir, huiríamos todos.
--Papá Doña Eduvina me ha dicho que su esposo anda fuera y que llegará el martes –Interrumpió mi hijo menor.
--Malaya sea.
Durante la mayordomía Toribio le preguntó a Eduvina por Gonzalo, pero ella siendo desconfiada y silencita solo atinó a decirle, ¡por ahí anda¡. Después nos enteramos por su madre que se había ido a México a dejar un viaje.
--Cuando llegue a Palomares alguien le dirá que los pelones andan por estos rumbos, pierdan cuidado – respondió Toribio.
Recuerdo que el martes ningún verde llegó. Ambrosio y Rogaciano regresaron ya hasta entrada la noche y no vieron a nadie. Así que dimos por hecho que ya no vendrían. Sin embargo, el jueves llegaron muy de madrugada, al frente llevaban a Gonzalo, se le veía muy cansado, porque a cada paso se detenía y a culatazos lo empujaban. A cada alto que hacía se escuchaba una y otra vez:
--Camínale hijo de tu chingada madre.
Gracias a los culatazos que recibía nos dimos por enterados que los guachos habían llegado. Mientras despertábamos a los niños comenzamos a sentir cada vez más cerca las pisadas de los militares, estábamos tan nerviosos que se alcanzaba a escuchar nuestra respiración.

 militar

A Gonzalo lo amarraron ahí donde antes era la casa ejidal, por donde estaba la casa de los maestros de la primaria, casi enfrente de donde vivía el maestro Piter. Lo amarraron con las manos para atrás, como si fuera iguana y después se dispersaron por el pueblo.
Fue un cuatro de mayo…sí…sí fue un cuatro de mayo,  porque un día antes festejamos a la Santa Cruz. Y lo recuerdo porque mi esposa se embarró de mole el vestido cuando subíamos el cerro que dá allá por los mangos de don Crisanto.
 Meses después volvimos a la siembra de maíz y frijol, ya que  los compradores comenzaron a hacer trato con los judiciales y con los militares… fueron ellos quienes entregaron a casi la mitad del pueblo, porque los militares cómo iban a saber  de quiénes eran los sembradíos que estaban por Arroyo Lirio o el que estaba por Nuevo Centro si se pierden re fácil entre la montaña.
… de Quintaliano y Fortunato no quiero ni hablar, su mejor castigo es que sigan vivos, cómo es posible que siendo mixtecos, como nosotros, se hicieron madrina de esos hijos de la chingada…ellos entregaron a Gonzalo, Dios y sus madres lo saben.

 Alonso Quijano.

 

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