Revista tlahtoa
Publicación bimestral
Mayo 2017. Número 30

 

Razón y sentimientos: factores educativos

Hugo Enrique Sáez A.


“Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía, al despertar, si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.” 1

  1. Educación en la época de las tecnologías de información y comunicación

En la segunda década del siglo XXI el sistema económico-político capitalista se ha mundializado, apoyándose sobre todo en los medios electrónicos de información y comunicación (TIC), desde donde se aceleran todo tipo de transacciones e inversiones de dinero y de bienes, mientras que desde las pantallas (computadoras, celulares, televisión) se imparte el culto laico a la acumulación de productos y servicios. Una sociedad de ciudadanos se ha transformado en una sociedad de empresarios-consumidores, centrados en el control de las finanzas y subordinados al crecimiento de los indicadores de las monedas. En ese contexto, la desigualdad en la distribución de los recursos expulsa fuera de las regiones prósperas a los que carecen de techo, de comida, de empleo, proceso en el que se fragmenta la especie humana en varias especies subalternas, objeto de discriminación y explotación.

capitalismoEl efecto de las transformaciones económicas y financieras implantadas a partir del Consenso de Washington se resintió en otras áreas de la sociedad, como la cultura y la educación. Al asignarse al Estado nación una función desreguladora del mercado, empezó a desligarse de la cultura y la educación como pilares para la construcción de la comunidad nacional y se clasificó estas áreas en el orden de los servicios. Como afirma Hugo Aboites en una entrevista, 2 se asimiló la educación al concepto de instrucción y se la equiparó a cualquier tipo de servicio, desde la limpieza a la cosmetología. A su vez, a las instituciones de educación superior (IES) se les asignó la misión de preparar personal calificado para insertarlo en el mercado de trabajo. Por supuesto, la impartición de este servicio tendió a convertirse en una mercancía que se ofrece en diversos mercados, con lo que el Estado comenzó a retraerse tanto en el gasto social como en la dirección del proceso educativo y cultural.

Al respecto, cabe subrayar que se otorga una preeminencia a la enseñanza de las ciencias duras (física, química, biología) frente al conocimiento y práctica de las humanidades, las disciplinas artísticas y las ciencias sociales. Es obvio que estas políticas se hallan condicionadas por exigencias de organismos supranacionales, en este caso, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) No se trata de negar el derecho a instalar buenas escuelas particulares, que está consagrado en las constituciones. El fenómeno de la privatización es mucho más amplio, y lo que se cuestiona es el efecto nocivo sobre el tejido social que ejercen varias prácticas de la iniciativa privada al influir sobre los procesos educativos subordinándolos a sus objetivos particulares. Súmese a lo anterior que las IES como plataforma dedicada a suministrar trabajadores al sector empresarial choca con un mercado en el que muy pocos obtienen un puesto.

Retorna así una antigua polémica sobre lo que significa educar y qué implica el instruir. En principio, instruir remite a proporcionar información y gestar ciertas competencias en distintos rubros para cumplir tareas específicas con eficiencia. De hecho, un instructivo proporciona reglas y fórmulas destinadas a ejecutar determinadas acciones prácticas, que abarcan desde la resolución de un teorema hasta las operaciones necesarias para efectuar una cirugía.

La educación, por su parte, no se restringe a cursar un número bajo o elevado de la escuela; comienza en la familia y en su entorno social, porque constituye un proceso de socialización del individuo que abarca el desarrollo tanto de su inteligencia como de su aparato emocional, además de sus relaciones con el otro. En nuestros días, el complejo científico-tecnológico ha engendrado un espacio virtual en el que se ejerce una considerable influencia del egoísmo en la educación de niños y jóvenes, entre otros fenómenos suscitados en el ámbito económico, cultural, social y político.

De hecho, las redes telemáticas (fusión de “telecomunicación” e “informática”) han invadido el aire y han posibilitado el surgimiento de un nuevo tipo de poder que Javier Echeverría lo asimila a un retorno de la edad feudal, por la analogía de que los señores de la tierra en el medioevo serían equivalentes a los señores del aire en nuestros días. En ese complejo entramado se mueven las redes sociales (como Facebook y Twitter), las redes científicas (las diez universidades más poderosas del mundo ejercen la gobernanza en esta materia), las redes militares (imprescindibles en la guerra de Iraq para atrapar a Saddam Hussein), las redes financieras (que ocasionaron la crisis de 2009 y protegen los “paraísos fiscales”), las redes industriales y comerciales, las redes de organizaciones civiles (en las que se insertan las ONG).

Casi se puede afirmar que se ha establecido un continente impalpable que brinda la plataforma para ejecutar acciones muy variadas, desde la interacción social de personas y grupos, pasando por el comercio a distancia de mercancías diversas (desde un libro a un telescopio) y la realización de operaciones financieras en tiempo real, hasta la creciente modalidad de utilizar drones para bombardear objetivos civiles en países como Siria e Iraq, con el pretexto de eliminar a presuntos terroristas del Estado Islámico, sin misericordia por los “efectos colaterales”.

Sobre el primer entorno, la Tierra, se montó el segundo entorno, las ciudades, mientras que las tecnologías de la información y la comunicación se han encargado de instalar el tercer entorno, no territorial físico, en que se inscribe y se absorbe a las sociedades mundiales. El dominio del espacio, también en el sentido de navegación, garantiza el poder mediático, que se halla en disputa por distintas empresas (Apple, Microsoft, Google). Ahora bien, los medios de comunicación dominan al conformar la imagen de los políticos sometiéndolos al espectáculo, y estos personajes programados dependen a su vez del sistema financiero para llegar al gobierno.

A veces se afirma que los millones de individuos que pululan por el espacio cibernético representan una democratización de la información y una posibilidad de ampliar el capital cultural de las personas. No obstante, el acceso requiere cierto capital económico (el robo de celulares se explota como negocio para vender más baratos esos artefactos); en segundo lugar, los consejos de administración de las empresas son anónimos y dictaminan qué contenidos son dignos de publicarse; tercero, el espionaje político y empresarial está al acecho de los miembros de la red; cuarto, y no último, los sitios exitosos arrojan mayores beneficios publicitarios. En suma, el poder de decisión del usuario queda muy restringido a ciertas funciones, por lo que se convierte en un súbdito de muchos señores: whatsapp, Twitter, Facebook, Google. En cambio, los grandes empresarios o los políticos enriquecidos al amparo de cargos oficiales se hallan en condiciones de esconder sus fortunas, como en el caso de los Panama papers, evadir impuestos de la hacienda pública y al mismo tiempo exigir el recorte de fondos orientados al rubro social.

Al mismo tiempo que se acota el poder del Estado nación, también se transforma la identidad de los ciudadanos, que solía centrarse en la patria de origen. No obstante, continúan existiendo movimientos ciudadanos nacionales que se manifiestan en un principio por la indignación frente al abuso, la corrupción, el autoritarismo, la miseria, el crimen, la impunidad. En la actualidad, quizá todavía se cometen masacres a mansalva como la ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas allá por 1968. Pero la represión criminal también es selectiva y se enfoca a eliminar personas que piensan o que son líderes sociales. Por otra, se tolera, con agresiones intermitentes, que en las marchas se insulte a las autoridades, las cuales permanecen pasivas y sordas frente a la protesta callejera, aunque en este espacio público ya no reside el poder. En el control de masas se apuesta al cansancio de las multitudes, que en un lapso determinado acaba venciéndolas. En septiembre de 2017 se cumplirán dos años de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y los apoyos a sus familiares se han ido diluyendo, al tiempo que desaparecen las marchas callejeras.

educacion computoComo dice Javier Echeverría, ya no se nace en un territorio físico que ostenta una bandera como símbolo identitario; se nace en los medios electrónicos, y son los padres quienes entregan en adopción a sus bebés al sumergirlos en tablets y celulares, por considerar que es una buena oportunidad de educación. Esta inédita situación cultural ofrece la posibilidad de asumir múltiples identidades, suplantar identidades, crear identidades falsas para engañar en el plano sexual o bien para efectuar secuestros virtuales, y los usuarios más hábiles se convierten en hackers anónimos, dedicados en los últimos tiempos a servir en la alteración de elecciones. Entonces, ya no es posible plantear la educación en términos de escuelas tradicionales, sino enfrentar el reto de configurarlas teniendo en cuenta la coyuntura real por la que se atraviesa, como lo plantea el autor mencionado.

            Yendo a la educación, quienes marcaban las mentes en el medioevo europeo eran los sacerdotes, la familia y los vecinos, hasta que la revolución francesa, tremenda, con miles de muertos, instituyó la escolarización obligatoria y un Estado laico.   Eliminó el poder religioso del ámbito educativo, arrancó a los hijos de las familias y los vecinos determinadas horas del día y los llevó a la educación pública. Hoy en día los procesos de aprendizaje se hacen a través de la red, la televisión y los videojuegos. Los padres y los maestros ni se enteran. En lo que a  los niños les interesa de verdad, saben bastante más ellos que los profesores. Por eso no los respetan. La inversión del conocimiento en el ámbito educativo tiene consecuencias tremendas. En la escuela se mantiene una educación que a los chicos y a las chicas les interesa muy poquito. Encima en España se les prohíben los móviles en las aulas. Es como prohibir el fútbol o el hablar. Instituir la prohibición de cosas que los chicos y las chicas quieren hacer en el tercer entorno   no es la vía. Se aprende más en el tercer entorno que en el primero o en el segundo. La inmensa mayoría de los niños empieza a saber lo que son los animales y las plantas a través de la televisión o de internet. Son nativos digitales, su mundo es ese. (Entrevista a Javier Echeverría, en el periódico Página 12, 16  de mayo de 2016).

En otras palabras, la educación informal -vía mediática y de amistades- opera como si se tratara de insertar un chip con la consigna sistémica en la mente de cada individuo y así se condicionaría su conducta. Te acompañará por mucho tiempo y tratarás de actuar eludiendo su vigilancia, con lo que acumulas una auténtica fortuna en términos de culpa. Mientras que el niño tiene atisbos de originalidad, inventa cuentos, plantea paradojas, dice que el rey está desnudo; los adultos lo toman a risa, o lo reprenden por indiscreto, como algo propio de la mente infantil a la que se debe modelar en la simulación, principalmente poniendo límites a esa imaginación expansiva y domesticando la relación entre lo que se piensa y lo que se dice. Se le enseña a mentir y a ocultar la verdad, que son dos cosas diferentes.

Es cierto que se aprende más en el tercer entorno, pero no todo aprendizaje redunda en educación, entendida ésta como convivencia social armónica y equilibrio empático de los sentimientos. En ese punto disiento con Echeverría. Aun cuando no se emiten mandamientos estrictos en esta nueva religión de ganar sin que importen los medios, el lema que pronunció el barón Pierre de Coubertin al inaugurar los Juegos Olímpicos en 1896 combina sin modificaciones con la pulsión capitalista por la productividad, la competencia y la acumulación en todos los órdenes de la economía, la sociedad, la cultura y la política. Citius, altius, fortius fue la conocida locución latina a la que apeló el fundador de estos eventos deportivos; es decir, “más rápido, más alto, más fuerte”. En el cumplimiento de ese objetivo, se estima que la técnica cumple un papel central, con lo que aquella se erige en un nuevo ídolo destinado a resolver los más intrincados problemas de la existencia.

No expresa, como es obvio, una declaración de fe, sino que se presenta como un enunciado performativo, en el sentido que le otorgó Austin a este tipo de frase: es un juicio que al enunciarse realiza el hecho. En la sentencia “El jurado lo encuentra culpable”, no cabe la consideración de verdad/falsedad; anuncia la acción que se ha decidido llevar a cabo. Así, en el capitalismo existe la obligación performativa de trabajar para producir cada vez más, y ello conduce a convertirnos en empresarios de nosotros mismos. Las diferencias entre los sujetos individuales terminan siendo establecidas por el mercado: el nivel económico de la familia en la que naciste, la escuela a la que concurriste, el lugar que ocupas en cuanto a ingresos.

 Byung-Chul Han, escritor en alemán nacido en la República  de Corea del Sur, se doctoró en Freiburg im Breisgau, Alemania, con una tesis sobre Heidegger. Ha sido académico en Karlsruhe y ahora imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín. Sus numerosos ensayos, centrados principalmente en el análisis de los cambios experimentados en la sociedad a raíz de la globalización neoliberal en curso, conmueven hoy el diálogo filosófico en Europa. Un concepto clave de su arsenal teórico se halla en la idea de “empresario de sí mismo”, como sujeto distintivo de esta fase de la historia humana. Según sus argumentos, el sujeto de obediencia de etapas anteriores del desarrollo capitalista se sustituye en la actualidad por un sujeto de rendimiento.

El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera, no está sometido a nadie, mejor dicho, sólo a sí mismo. En este sentido, se diferencia del sujeto de obediencia. La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan. Así, el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. (Byung-Chul Han, 2012: 31-32).

En medio de esa “libertad” ya no se trabaja para las propias necesidades sino para las que determina el capital (armas de costo millonario, por ejemplo), y de estos productos y servicios depende la reproducción biológica del individuo, convertido en aparente centro de sus decisiones, sin considerar al otro. Más allá de que se desempeñen en instituciones estatales o en organizaciones privadas, los actores sociales son interpelados como productores de un mercado en el que maximizan su rendimiento. Cualquier empleado de banco se capacita por medio del coaching y se lo evalúa para calificarlo por la gerencia en función de la clientela que incrementa o pierde. Un académico recibe su remuneración acorde con los puntos obtenidos por sus publicaciones o por los proyectos que consigue. El ranking de las selecciones de futbol o el rating de un programa de televisión son elementos que reflejan el rendimiento en el terreno de esas actividades. Y la enumeración podría continuar.

Quizá la mencionada categoría sea la innovación más singular del autor en cuanto al análisis social, cultural y político. No obstante, su efecto queda amputado, por decirlo de alguna manera, por el hecho de que no se menciona ni se plantea que el sujeto de rendimiento actúa en un mercado supraindividual –figura que tiende a subordinar incluso la organización de las relaciones familiares-  y que por ende el individuo entrega un producto que se valoriza en dicho mercado. El enfoque exclusivo sobre el sujeto que se constituye en amo y esclavo de sí mismo, desvía la atención sobre la tremenda desigualdad imperante en la red de los mercados del mundo, dado que este sujeto no está libre de relaciones de dominación. Según la organización humanitaria OXFAM (diario La Jornada, 18-01-2016), las 62 familias más ricas del mundo, poseen recursos equivalentes al importe con que sobreviven 3,600 millones de habitantes pobres en el planeta (50% de la población mundial).

En los libros de Han escasean párrafos e información sobre el tipo de dominación que preside la vida social en el mundo y que genera riqueza concentrada en pocas manos y pobreza entre miles de millones de los habitantes del planeta. No es lo mismo ser investigador de una universidad latinoamericana que no figura entre las cien mejor calificadas del mundo que trabajar en Harvard, por ejemplo. Tampoco son equivalentes sus mutuos recursos. No es lo mismo ser comerciante en un mercado popular, que controlar el consumo automovilístico a escala planetaria desde una empresa como Toyota. Los mercados de todo tipo son susceptibles de representarse en una pirámide, en cuyo vértice superior se ubican los monopolios que tienden a absorber los recursos y la demanda de los mercados menos poderosos.

La tesis con que en este escrito se intenta reflejar la desigualdad derivada de la privatización de los procesos educativos se basa en varios aspectos centrales. Primero, el “empresario de sí mismo” sí está sometido a un poder ajeno, que como todo poder se define por la relación de intercambio entre protección y obediencia: protección para permanecer ofreciendo su producto y obediencia a quienes ejercen la gobernanza del mercado. Los mercados se conducen mediante reglas que imponen los actores de mayor peso económico, político, cultural o social. El ingreso y permanencia en ese sistema (in put–out put) están determinados por distintos criterios de selección de sus participantes y de certificación del producto a ofrecer.

Segundo, los mercados presentan distintos tamaños que reflejan su capacidad de liderazgo o sometimiento respecto de otros mercados. Los monopolios sofocan la producción en pequeña escala o incluso la hacen desaparecer al absorber su clientela.

Tercero, continúa vigente la diferencia entre la producción de medios de producción y la producción de medios de consumo. La propiedad de los primeros condiciona a los segundos. En particular, la denominada “ciudad global” por Saskia Sassen centraliza y controla la generación de nuevas tecnologías en materia de información y comunicación. Sus productos son insumos para generar bienes de consumo, como aplicaciones en la red o el mismo aparato de computación.

Cuarto, la producción inmaterial condiciona el movimiento de la economía real (es decir, la producción de objetos tangibles, para decirlo en términos sencillos), de modo que esta última se diseña a partir del modelo digital. Por otra parte, la automatización derivada de la digitalización prescinde de mano de obra humana y arroja al desempleo grandes masas que están excluidas de convertirse en “empresarios de sí mismos”, o bien se insertan –si pueden- en el trabajo informal.

Quinto, en el actual nivel de la globalización, la relación entre los estados está determinada por la relación entre los mercados. Los mercados tutelan a los estados en un vínculo dialéctico entre ambos. Por una parte, los acuerdos de libre comercio representan un poder legislativo por encima de las fronteras nacionales; tratados que en principio dieron lugar a tres regiones de prosperidad en cuyo interior han surgido las cuarenta metrópolis que integran el complejo de la ciudad global: América del Norte, Unión Europea, Asia del Pacífico. Además, tanto las Naciones Unidas (por conducto del Banco Mundial) como el Fondo Monetario Internacional, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y la Organización Mundial de Comercio se encargan de la regulación de los mercados en el plano internacional, e imponen sus reglas por encima de la soberanía nacional.

Sexto, la conformación de “empresarios de sí mismo” no abarca al conjunto de la producción ni de la sociedad mundial, porque no todas las economías son de acumulación dineraria. El capitalismo subordina formas de producción diversas, algunas comunitarias, otras de supervivencia, así como no monetarias.
Séptimo, el culto de los objetos de consumo por parte de las personas se asimila a las conductas propias de una religión, la religión capitalista, que se constituye a partir de una trascendencia (la valorización de dinero y mercancías) que otorga sentido a las conductas inmanentes.

  1. ¿Por qué la filosofía como clave identitaria?

filosofoApoyándose en la concepción neoliberal de la educación, se ha llegado a minimizar el presupuesto destinado a las ciencias sociales, e incluso se suprimió en algunas escuelas de bachillerato la enseñanza de la filosofía, medida que despertó diversos cuestionamientos y protestas. No obstante, bastante negativa era la imagen de la filosofía transmitida por los planes de estudio en los que se la incluía. Se limitaba a memorizar autores y corrientes de pensamiento, y a menudo era impartida por profesionales de otras disciplinas que no le imprimían la emoción que significa el “amor a la sabiduría”. Hablar “sobre” la filosofía equivale a convertirla en un objeto y se permanece “fuera” del pensar, se prescinde de “hacer filosofía”.

Antes que nada, se trata de desmitificar la figura del sabio como alguien que lo sabe todo (y si no, lo inventa; como bien dicen). La información enciclopédica de los manuales o la contenida en la web se compone de datos acumulados. Una pregunta existencial no encuentra respuesta en Google; a lo sumo, una pista para detectar un derrotero. En este punto deseo rescatar una perspectiva de practicar la enseñanza “haciendo filosofía”, en vez de ilustrar sobre el cúmulo de pensadores y sus múltiples perspectivas sobre preguntas esenciales de la humanidad: ¿quién soy? ¿qué sentido tiene vivir? ¿de dónde venimos? Son cuestiones que nos afectan.

¿Se piensa mucho y se actúa poco? ¿O se actúa demasiado sin pensar? Calcular el lanzamiento de un misil que cuesta un millón y medio de dólares no es pensar. Controlar el tipo de cambio no es pensar. Reunir millonarios y políticos en Davos no es pensar. Determinar el bosón de Higgs no es pensar. Convertir el interés particular del rendimiento productivo en un valor universal no es pensar. Estas situaciones, que se desarrollan siguiendo su propio patrón de funcionamiento, provocan resultados que sus actores no piensan porque tampoco están obligadas a pensar en la totalidad; se limitan a una parcela del conocimiento y lo hacen bien, si se los juzga desde las instrucciones a las que obedecen. Un militar destruye un objetivo cumpliendo órdenes superiores y las muertes que se provoquen se contabilizan como bajas ocasionadas al enemigo. El presidente de un banco central se ciñe a los movimientos del mercado y actúa ateniéndose a la información económica que aprendió en universidades del top ten mundial. Los jefes de Estado junto con los grandes empresarios del mundo se ciñen a la convocatoria de las conferencias de Davos, donde se discute una agenda diseñada por especialistas al servicio de los poderosos del planeta. Los extraordinarios físicos que investigan el bosón de Higgs producen colisiones de partículas en el vacío obedeciendo a la meta de explicar cómo se origina la masa de todas las partículas del universo. Hay una diferencia entre “conocer” y “pensar”. Las máquinas no piensan, porque tampoco sienten.

Un rasgo distintivo de la filosofía es que nos interpela como sujetos de la existencia; sus reflexiones nos involucran y al mismo tiempo nos exigen pensar. Así se expresa Jesús Adrián Escudero en el prólogo a una obra de Heidegger:

¿Qué es lo más cercano a la filosofía? Lo más próximo y originario es nuestro anclaje afectivo en el mundo. Hay que romper con la idea de que el pensamiento está libre de toda afección. Incluso “la frialdad del cálculo y la prosaica sobriedad de la planificación son signos característicos de una disposición anímica. (…) La razón misma, que se considera libre de todo influjo de las pasiones, está dispuesta a confiar en la evidencia lógico-matemática de sus principios y de sus reglas”. (Martin Heidegger, 2004: 16).
En síntesis, nuestra posición en el mundo está determinada en buena medida por las “disposiciones anímicas” en las que nos hallamos. Un político de izquierda preso de Mussolini, Antonio Gramsci, escribió que “todos somos filósofos”, en el sentido de que al movernos en sociedad portamos una concepción del mundo y practicamos ciertas normas de conducta, orientados por nuestros deseos y sentimientos. Ahora bien, la gran mayoría de las personas se pliegan pasivas al comportamiento del sentido común, ya que no exige pensar: me caso porque la gente “se casa”; estudio porque si no “se estudia” se obtienen empleos menos remunerados. La existencia impropia del “se” impersonal, según Heidegger. Pensar exige un esfuerzo en que se comprometen la inteligencia y los sentimientos.

El pensar pone de relieve situaciones que no han sido reducidas a objetos por las distintas prácticas profesionales. Por ejemplo, sociólogos y economistas diseñan un excelente programa de alimentación para marginados, pero no visualizan el deseo del pobre, que al igual que el rico se enfoca a un objeto de lujo, considerando las posibilidades monetarias de cada uno. Bertolt Brecht, en su obra de teatro Un hombre es un hombre, plantea el caso de un simple cargador de puerto que antes de encaminarse a su trabajo promete a su esposa regresar con un delicioso pescado. El pobre visualiza en una comida de pescado un auténtico lujo. En el trayecto se topa con unos soldados pillos que le ofrecen alistarlo al ejército a cambio de lo que él ambicione. Cuando responde que anda en busca de un pescado, se ríen de él por lo insignificante de su deseo y lo estimulan a que apunte a algo más valioso. Reflexiona unos instantes y se ilumina al pedir… ¡un elefante! Otro objeto de lujo sustituye al pescado. El objeto del deseo -con su carga de exceso- no satisface el principio de placer sino que lo “excede” y provee un goce instantáneo, que por su valor simbólico aporta la alucinación de un determinado estatus.

Las políticas públicas son ajenas a la singularidad y al todo en que se enmarcan. Las especialidades profesionales son muy sólidas, pero se enriquecen por sus efectos cuando se vinculan entre sí. Hay médicos que asumieron su profesión como un servicio en organizaciones internacionales sin fronteras; es decir, tomaron conciencia de que la salud es un problema social. He aquí un ejemplo de practicar la especialidad con criterio idóneo y al mismo tiempo relacionarla con la totalidad.

¿Cómo escapar de las preocupaciones inmediatas que construyen una celda para no pensar? Hay quienes viven en el convencimiento de que se debe disfrutar el día a día, sin preocuparse por el futuro. Suele esgrimirse esta tesis como justificación de un hedonismo superficial. Aun así, existen formas filosóficas de vivir el presente que intensifican la potencia del sujeto: atender sólo el hacer lo que se está haciendo, en una fusión de sujeto y objeto. Caso contrario, si la mente se distrae por una ocurrencia o se cruza por la imaginación una idea de impotencia, se abandona la posición de entrega y el cálculo de las acciones conduce al error. Se antojará como degradación del discurso el siguiente ejemplo: un futbolista va a patear un penal y en lugar de identificarse con la pelota que está en el pasto, la duda se refleja en su rostro. Resultado: el excesivo cálculo le impide convertir el gol. En definitiva, la concentración en el presente sin tomar en consideración estímulos internos o externos que interrumpen el fluir de la actividad, es una forma de meditación que posibilita una coincidencia entre razón y sentimientos.

No obstante, siempre se recorta sólo una porción de ese presente y ese fragmento parcial erige una valla que limita la actividad del sujeto impidiéndole percibir la totalidad de matices que abarca ese mismo presente. Así, aprobó el examen de tesis, pero ¿se puso a reflexionar que durante meses o años quedó reducida o reducido a preparar ese documento? No, en lugar de tomar una decisión sobre qué quiere ser busca una nueva ocupación que le permita tiempo para divertirse. Un asunto ilustrativo de negarse a pensar: me dedico a mi trabajo y no me meto en política. Por ignorancia se rechaza que la política es un universal que afecta a todos. Y resistirse a tener una posición política es asumir una posición política prescindente que favorece a las fuerzas dominantes más retrógradas.

Se piensa cuando se interrumpe el paso del tiempo atomizado en instantes para avanzar en el sentido de aquello con lo que quiero identificarme. Seguramente habrá quien diga "no tengo tiempo para pensar en esas cosas". Tiene razón, no tiene tiempo, su tiempo le pertenece al trabajo o a la ocupación que sea, y a la diversión que le permite recargar pilas para seguir trabajando. “El tiempo es un niño que juega con los dados; el reino es de un niño.” (Heráclito, fragmento 52).

Hay una trampa en la filosofía oficial de los manuales elaborados para su aprendizaje. Si para pensar tengo que leerme las obras completas de Aristóteles, de Spinoza, de Kant, de Hegel, de Heidegger, o de cualquier clásico, no me alcanzan las 101 reencarnaciones que tengo programadas, cálculo que se basa en el karma acumulado en este minúsculo período de tiempo, minúsculo frente a los millones de años en que asomaron los homínidos originales. El mecanismo de aprender a pensar mediante manuales podría designarse como una especie de contrato intelectual: los humanos de a pie enajenan en cerebros privilegiados el derecho a pensar, quienes elaboran complejos sistemas que se contradicen entre ellos mismos, mientras que asumen el exclusivo privilegio de decirnos la diferencia entre lo que es auténtico y lo que es aparente. Prefiero observar con entusiasmo lo que pasa en mi entorno para seguir aprendiendo con otros, como responsable de mi autoeducación. No obstante, me rehúso a la imitación pasiva, que siempre conduce al conformismo en serie.

Precisamente, Sartre relata, en El existencialismo es un humanismo, el caso de un estudiante que acudió a pedirle un consejo para resolver un dilema: "¿me quedo a cuidar mi madre viuda respondiendo a mi deber familiar, o me incorporo a la resistencia armada para defender a Francia de la invasión nazi?” ¿Cuál fue la sorprendente respuesta del filósofo? “Yo no puedo indicarte qué es lo más conveniente para tu conducta; tienes que hacer aquello que tenga sentido en tu proyecto de vida. En otras palabras: sólo sé que la respuesta a tu dilema es tarea tuya, yo te ayudo a comprender eso.” Repito de memoria el diálogo.

Como conclusión provisoria de esta anécdota cabe afirmar que los maestros, los sacerdotes, los psicólogos, los ancianos, los amigos, no están en condiciones de dar respuestas concluyentes a las preguntas existenciales; únicamente sirven de catalizadores en el proceso de conocerse a sí mismo, tarea en la que cada uno es insustituible. Entiendo por preguntas existenciales aquellas que nos formulamos al experimentar una situación en que se deben tomar decisiones fundamentales que afectan al individuo y a los demás. Por otra parte, los intereses y las necesidades de los seres humanos difieren mucho de un sujeto a otro. En consecuencia, los modernos sofistas de superación personal en nada contribuyen inoculando soluciones generales al estilo de “tú puedes”, “querer es poder”.

Además, la persona es un compuesto complejo integrante de la humanidad, y se equivocan quienes la abordan desde una perspectiva unidimensional.  En la relación de enseñanza aprendizaje en que se desenvuelve la existencia se movilizan distintas instancias de los sujetos participantes: la voluntad (su estandarte es un “quiero” fuerte o débil, depende), las emociones (cómo me siento es la pregunta que a veces no sabemos responder), la sensibilidad (una percepción a la que atrae la belleza), la inteligencia (ideas claras es su signo) y la imaginación (en esencia, es puro juego). Si se pretende tener una experiencia de aprendizaje auténtica, es preciso involucrar todas las instancias mencionadas, no sólo la inteligencia, como a menudo se cree. ¿Qué hago?, es una pregunta que depende de ¿qué me imagino?, ¿qué entiendo?, ¿qué siento?, ¿qué quiero?, y ¿qué me gusta?

Como afirma Ortega y Gasset (1984: 31), “La creencia no es, sin más, la idea que se piensa, sino aquella en que además se cree.” Se vive sostenido en creencias bastante fijas, y en general conservadoras. A menudo son contradictorias. Por ejemplo, se toma la Biblia como libro de cabecera sin advertir que en el Antiguo Testamento se sostiene la máxima “ojo por ojo, diente por diente”, mientras que en el Nuevo Testamento frente a la ofensa o la agresión se recomienda adoptar la actitud de poner la otra mejilla. En las creencias se revela la fuerza de las ideas arraigadas en los individuos, y cuesta mucho ponerlas en cuestión. Por ese motivo, los síntomas de un trastorno mental pasan inadvertidos para el sujeto en cuestión.

Según Deleuze, el objeto de transformación de la filosofía es la estupidez y la ignorancia, condiciones que entre los idólatras de la ambición por acumular fortunas y lujos como droga de la felicidad –aunque se destruya a humanos y naturaleza- han hecho metástasis. Estupidez en el sentido de actuar por imitación conforme a intereses individuales mezquinos; e ignorancia en el sentido de desconocer las causas y los efectos de proceder sin cuestionar las rutinas.

Sócrates comparaba su tarea cotidiana de provocar conciencias en Atenas con la labor de un tábano que clava su aguijón en un caballo dormido para estimularlo a que despierte. Ahora existen muchos tábanos en nuestros países y la alianza plutócratas-gobierno está aplicando un plan de callarlos o exterminarlos para que el caballo dormido de la derecha continúe pisoteando a los pueblos oprimidos. Kant reconoció que Hume lo despertó de su sueño dogmático. Hoy se requiere despertar del sueño de la sumisión al capital financiero.

¿Cuál es la lógica que predomina en la reproducción del capital? Se mata a mansalva en Siria para salvar vidas potenciales y abstractas, en respuesta a un ataque con armas químicas. Se está reavivando la teoría de Henry Kissinger respecto de la “guerra nuclear limitada”, que Nixon aplicó con la crueldad del exterminio mediante napalm en Viet Nam. Se inventan tecnologías para hacer más fácil la existencia, y se desertifica, se destruyen bosques, al tiempo que desaparecen otras especies animales. Se practica el latifundismo urbano que acarrea contaminación por la exigencia de transporte individual en automóviles. Se protegen los recursos financieros mientras se desaloja a quienes no pagaron la hipoteca. Se fomenta el narcisismo al instaurar el culto ciego a unos papeles llamados billetes y a unas tarjetas de plástico, al tiempo que nos burlamos del salvaje que adora una piedra.

Como lo plantea Marx, la cuestión central del capitalismo es la reproducción del valor. El dinero y la mercancía son formas materiales del valor abstracto, que como tal es invisible, aunque su presencia/ausencia se contabilice en el crecimiento del capital financiero. Esta distinción permite entender el siguiente párrafo sobre el sujeto de la historia en el capitalismo.

El valor pasa constantemente de una forma a la otra, sin perderse en ese movimiento, convirtiéndose así en un sujeto automático. Si fijamos las formas particulares de manifestaciones adoptadas alternativamente en su ciclo vital por el valor que se valoriza llegaremos a las siguientes afirmaciones: el capital es dinero, el capital es mercancía. Pero, en realidad, el valor se convierte aquí en sujeto de un proceso en el cual, cambiando continuamente las formas de dinero y mercancía, modifica su propia magnitud, en cuanto plusvalor se desprende de sí mismo como valor originario, se autovaloriza. (Marx, 2011: 188).

En este sentido, el capitalismo se presenta como una potencia divina autónoma de la voluntad humana porque "se crea" y "se reproduce" de manera automática por el trabajo de los humanos, quienes en la imaginación se representan como "criaturas" del dinero y de la mercancía. En suma, el culto del dinero y de la mercancía se integra en una religión cuyos templos son los espacios de consumo, ya sea el shopping center, la enfermiza adicción a la comunicación digital o bien los paraísos turísticos, dependiendo de los niveles de ingreso.

Una prueba de que todos podemos filosofar si rompemos con la esclavitud de la frivolidad mediática se halla paradójicamente en un boxeador, Muhammad Ali, cuya muerte a los 74 años suscitó amor y admiración más allá de los aficionados a ese deporte. "No quiero ser lo que vosotros queréis que sea”, decía. En un acto revolucionario, cambió el nombre con que lo habían bautizado los blancos, en una época en que a los descendientes de esclavos se les prohibía subir al mismo autobús que los amos. Se negó a ir a matar gente en Viet Nam, al otro lado del océano, mientras en su propio país se mantenía la discriminación y la pobreza para un amplio sector de la población. "A mí no me han hecho nada", fue su respuesta cuando lo encarcelaron por "desertor" del ejército estadounidense. Por su indomable personalidad recibió la visita de los Beatles en el campamento donde entrenaba. Ante una multitud que lo aclamaba pronunció el discurso más breve de la historia: "Me. We." (Todos somos yo). Su violencia de danzante en el ring ("mariposa que flotaba, al tiempo que picaba como abeja") terminó siendo un mensaje de paz.

Los trastornos del aparato emocional de los sujetos se tratan, con diverso grado de éxito, mediante el psicoanálisis, la psiquiatría y sus recursos químicos, el “coaching” en diversas técnicas laborales y sociales, los libros de autoayuda, sectas que enriquecen al gurú de moda y a su séquito íntimo, terapias alternativas, el tarot y la magia, la exploración de vidas anteriores y un caudal diverso de prácticas para “reintegrar” a los individuos enfermos. El grado de profesionalismo y eficacia varía y de antemano no se emiten juicios a favor o en contra. Aun así, hay que descartar tanto las operaciones que especulan con las supersticiones como aquellas que no acceden al núcleo de los conflictos porque no determinan la naturaleza de los sentimientos y su dinámica específica. En la filosofía se comienza a detectar caminos que conducen a una mejor educación emocional, como a continuación se expone.

  1. Afectos alegres y tristes, imaginación y acciones

“Usted no es responsable de sus sentimientos”, le manifestó Freud a una paciente que sufría por sentirse enamorada del novio de su hermana. Y agregó: “Pero usted sí es responsable de lo que haga con ellos.” El in-dividuo en conflicto es un sujeto social dividido, fracturado en su soledad. En el esquema de Freud, el yo rinde cuentas ante el superyó (representante del deber, del padre, del jefe), y todo sucede con violencia en el interior del sí mismo escindido en dos instancias. En el esquema del "empresario de sí mismo" (Byung-Chul Han), el amo internalizado (el patrón, el propietario del cuerpo) exige el máximo rendimiento al esclavo interior (la conciencia) que sostiene la empresa personal y procura los recursos con su esfuerzo. Desde ambas concepciones, el conflicto y la violencia son ineluctables en la vida personal y social, aunque las opciones para enfrentar dicha situación sean múltiples.

El deseo, por supuesto, es el movimiento esencial de la existencia humana. El deseo siempre es deseo del deseo del otro. Se refleja en la conducta de los sujetos sociales en los que la imaginación predomina sobre las emociones, y ésta sobre la percepción de los objetos reales y sobre la voluntad del individuo. En ese sentido, recuérdese que para Freud las representaciones psíquicas –conscientes o inconscientes- están integradas por dos aspectos: el componente representacional (imagen del objeto) y el afectivo (la representación como objeto del deseo). Desde el momento en que el individuo se involucra con el mandato de esta representación, el deseo se comprende a partir de una triple determinación: el ser humano concreto, la representación imaginaria y el objeto del deseo. El deseo genera sus propios objetos mediados por un tercero. René Girard ya lo establecía en su explicación del Quijote:

D. Quijote ha renunciado, a favor de Amadís, a la prerrogativa fundamental del individuo: ha dejado escoger los objetos de su deseo, y es Amadís quien escoge por él. El discípulo se precipita hacia los objetos que le designa, o parece designarle, el modelo de toda caballería. Llamaremos a este modelo el mediador del deseo. La existencia caballeresca es la imitación de Amadís en el mismo sentido en que la existencia del cristiano es la imitación de Jesucristo. 3

quijoteEn consecuencia, cuando Don Quijote lucha con molinos de viento, poseído en el papel de Amadís de Gaula, no los “confunde” con gigantes, para él “son” gigantes. Como individuo prisionero del significante discursivo “caballero andante” flota en el flujo imaginario y su identidad se conforma de acuerdo con las pautas simbólicas de las novelas de caballería. La constitución de una sociedad de masas requiere la generación de significantes que induzcan el sentimiento de poder a través del deseo. Así, el agente individual elaborado en serie se mueve de acuerdo con una especie de “sueño diurno” que selecciona los objetos de su percepción siguiendo el trazo de sus imágenes mentales condicionadas por los medios de programación de masas.

En complemento de lo anterior, conatus llamaba Spinoza al deseo y sostenía que el desear los objetos nos hace perseverar en el ser. Con todo, si practicamos una epojé (puesta entre paréntesis al estilo Husserl), no deseamos las cosas porque son buenas, sino que son buenas porque las deseamos. ¿Qué quiere decir? Así, los molinos de viento son gigantes porque así lo desea el investido de caballero andante, y desconoce las causas de su percepción. Si miramos el cielo afirmamos que es celeste, pero un físico nos explica las causas de esa percepción efecto de refracción de la luz. El deseo modela nuestros sentimientos y si exploramos las causas del deseo llegamos a lo real, que es imposible. Por eso, la perfección es realidad, las cosas son como son, aunque nunca accedamos a lo que realmente son más allá de los símbolos emanados de nuestra imaginación y de los objetos del deseo.

De alguna manera, la óptica que adopta Victoria Camps para abordar la teoría de Spinoza sobre la relación entre sentimientos y razón pone cierto orden en un asunto tan complejo y revelador, al resaltar:
… la lucha que mantuvo el filósofo toda su vida contra los prejuicios y las ideas establecidas e incorporadas sin más escrutinio al acervo de los conocimientos heredados y aceptados como indiscutibles. Entre ellos, la idea de que somos seres duales, compuestos de un alma y un cuerpo que disputan entre sí para constituirse cada uno de ellos como único soberano. Para Spinoza, tal dualismo es una de las muchas imaginaciones que engañan y ocultan las reglas del proceder humano. Ni el alma es la materia pensante, sede de la razón, ni el cuerpo una materia extensa sometida a todo tipo de pasiones que deben ser dominadas por una voluntad poderosa. (Victoria Camps, 2011: 65-66).

Por lo menos desde Platón -con excepciones como Diógenes el perro y Epicuro- se ubicaba el cuerpo como fuente de deseos que arrastran el alma a su perdición. La religión cristiana se convirtió en religión oficial del imperio romano hacia el año 395, por voluntad de Flavio Teodosio, después de que Constantino I la había legalizado en el año 313. La moral difundida por la Santa Sede continúa concentrando el pecado en el cuerpo y exhorta a que se domine practicando la virtud, comportamiento no incorporado a sus hábitos por los hipócritas fariseos que se ostentan como religiosos más como una impostura social que como ética. Y si no lo hacen es porque hay un error en la idea de que el conocimiento de la verdad ocasiona hombres rectos.

De acuerdo con Spinoza, el cuerpo no es la fuente del pecado; además de que “pecado” es una categoría religiosa. El paralelismo entre alma y cuerpo nos muestra que actuamos por ideas sobre el cuerpo. Cuando actúa el cuerpo, el alma también actúa; cuando padece el alma, el cuerpo padece, y viceversa. El cuerpo humano nace sabiendo. Nadie le enseña al bebé a succionar la leche materna: basta con aproximarlo al pezón de la madre. Luego viene lo peor: se lo somete a una "educación" como animal hablante en lo bueno y lo malo, y sus instintos empiezan a atrofiarse. Por eso, hay que hablar con el cuerpo para reeducarlo y para que comprenda cómo moverse mejor en los caminos escarpados de la existencia.

Todas las afecciones se derivan del Deseo, del Gozo o de la Tristeza, como lo demuestran las definiciones que hemos dado de ellas. Pero el Deseo es la naturaleza misma o la esencia de cada uno; por consiguiente, el Deseo de cada uno difiere del Deseo de otro, tanto como la naturaleza o esencia del uno difiere de la esencia del otro. El Gozo y la Tristeza son pasiones que acrecientan o disminuyen, secundan o reducen la potencia de cada uno para perseverar en su ser. (Benedictus de Spinoza, 1975: 227).

Es conocida la sentencia de Spinoza respecto de que cada cosa se esfuerza “por perseverar en su ser”, de lo que se deriva la necesidad de administrar nuestros afectos o sentimientos, es decir, la forma en que inciden en nosotros el contacto con otros cuerpos y otras almas. Los cuerpos se forman una idea de sí mismos por su inserción en la cadena de significantes; con todo, el lenguaje no dice todo los que somos. De ahí que la búsqueda de sí mismo se interna por diversos caminos. Es importante saber que el motor primario de esa conducta es el deseo, la esencia del ser humano y la manifestación de su potencia. Al respecto, en este párrafo Deleuze sintetiza el hecho natural de satisfacer los deseos ante las circunstancias de la vida.

…sentimos gozo cuando un cuerpo se encuentra con el nuestro y se compone con él, cuando una idea se encuentra con nuestra alma y se compone con ella; sentimos tristeza, por el contrario, cuando un cuerpo o una idea amenazan nuestra propia coherencia. Estamos en tal situación que sólo recogemos “lo que sucede” a nuestro cuerpo, “lo que sucede” a nuestra alma, es decir, el efecto de un cuerpo sobre el nuestro, el efecto de una idea sobre la nuestra. Pero lo que es nuestro cuerpo en su propia relación, y nuestra alma en su propia relación, y los otros cuerpos y las otras almas o ideas en sus relaciones respectivas, y las reglas según las cuales todas esas relaciones se componen y se descomponen, de todo eso no sabemos nada en el orden dado de nuestro conocimiento y de nuestra conciencia. En una palabra, las condiciones en las que conocemos las cosas y tomamos conciencia de nosotros mismos nos condenan a no tener más que ideas inadecuadas, confusas y mutiladas, efectos separados de sus propias causas. (Gilles Deleuze, 1974: 25-26).

Los sentimientos son ideas que se derivan de otras ideas, llamadas imaginación, que constituyen la presencia en nuestra mente de algo ausente. La estimación de sí mismo es una imagen central del comportamiento humano, porque refleja la idea del poder que un individuo posee de su cuerpo. No obstante, “nadie sabe lo que puede el cuerpo”, dado que sus ideas son inadecuadas y dependen de las experiencias positivas y negativas sufridas en el pasado. Las emociones son súbditas de nuestra imaginación. Mejoremos la imagen de nosotros valorando todo aquello para lo que somos buenos, sin competencia. Siempre somos buenos en algo. Y eso es importante. No hagas caso de Andy Warhol cuando afirmó que todos merecemos 15 minutos de gloria gracias a los modernos medios de comunicación. Eso no es importante. Quien te prepara una comida sabrosa es importante. Quien cede el asiento a una embarazada es importante. Cuando haces un trabajo y te felicitan porque lo hiciste bien, eso es importante. Invertir los valores que rigen el sueño diurno de los zombis sometidos a la ambición plutocrática es una forma de no depender del juicio ajeno. Trabajemos la imagen. Quizá no somos lo que ella indica. La imagen da órdenes a las emociones, y éstas se someten. Recordemos lo que fue clave en la vida de Muhammad Ali: “no seas lo que otros quieren que seas”.

Como advierte Spinoza, los hombres se creen libres porque tienen conciencia de sus acciones y se las representan como originadas en su voluntad. La mente se forma una idea de sus propias afecciones y les pone nombre: amor, esperanza, envidia, ira, odio, vituperio, misericordia. Pero, en principio, la mente no se interesa por indagar las causas que le provocan sus emociones. Crecer significa trabajar en el cambio de nuestra percepción espontánea de la realidad. En principio, nuestras ideas acerca de los sentimientos no son verdaderas ni falsas. Son engañosas cuando nos inducen a cometer errores lamentables. Son inadecuadas cuando nuestras acciones nos van quitando energías a diario. Entonces se cae en afecciones que atrapan a las personas, y que hoy llamaríamos adicciones: la gula, la embriaguez, la avaricia, la ambición. Dependen de las conductas asociadas a estos desequilibrios, que son producto, respectivamente, del “deseo inmoderado” (goce) de comida, de la bebida (o cualquier droga), de la cópula, de las riquezas y de la gloria.

De hecho, todas las afecciones se derivan del deseo, del gozo y de la tristeza. El gozo (entiéndase, placer) aumenta el poder del sujeto y la tristeza lo disminuye. El cúmulo de poder impulsa la acción, en tanto que la tristeza sume en la depresión y en otras afecciones psicológicas que enferman a los individuos y les impiden actuar. El gozo se halla en todas las clases sociales como motor de la conducta, aunque el objeto que lo provoca difiera en cuanto al costo. En la sociedad neoliberal se producen subjetividades acordes con la productividad, el rendimiento, la competencia, el sueño empresarial. Desde esa vitrina se estimula el consumo orientado al goce (diferente del gozo), que procura apropiarse de objetos que exceden el placer, que están más allá del principio de placer y alteran la homeostasis de la conducta, es decir, se rompe el equilibrio de disfrutar el placer y se cae en el displacer, que a menudo se transfigura en algún tipo de adicción.

No hay dominio de las pasiones por medio de la conciencia ni del conocimiento. Por ende, tomar conciencia del problema sólo representa un inicio, aunque conocer la verdad no modifica la conducta; sólo una pasión más fuerte vence a una pasión basada en la tristeza y el conformismo. Un alcohólico sabe que su adicción perjudica su salud, sus relaciones afectivas y su propio trabajo; sólo superará su dependencia de la bebida por el amor de una pareja a la que está por perder o de un hijo desamparado. En cada caso, se trata de hallar la pasión fuerte que obstruya la manifestación de pasiones que amenazan la perseverancia en el ser. Crecer significa trabajar en el cambio de nuestra imaginación espontánea de la realidad.

En conclusión, como afirma Spinoza, la conciencia social se estructura en torno a la emulación del otro, tanto en las conductas destructivas como en las que procuran armonía entre los sujetos sociales. El poder neoliberal privilegia las conductas basadas en el narcisismo, en la ignorancia del interés del otro, al que se percibe como enemigo virtual o una amenaza; todas ellas, destructivas. Se insiste en separar el “nosotros” del “ellos”, y en eso se tropieza para trabajar con miras a una integración.

¿Hay esperanzas de oponer a esa pasión desintegradora de Thanatos una pasión que emancipe a la sociedad? ¿Quizá se halle esa pasión en el sentimiento de pertenecer a una comunidad dotada de una voluntad colectiva por encima de individuos atomizados? ¿Tendremos la fuerza para escarmentar a los déspotas, corruptos, criminales, delincuentes, y a toda esa laya de cínicos que se regodean de la pasividad colectiva frente al abuso y la ofensa infligidas a una sociedad atemorizada?

 

 

Bibliografía
Camps, Victoria (2011), El gobierno de las emociones, Barcelona, Herder.
Deleuze, Gilles (1974), Spinoza. Kant. Nietzsche, Barcelona, Editorial Labor.
Han, Byung-Chul (2012), La sociedad del cansancio, Barcelona, Herder.
Heidegger, Martin (2004), ¿Qué es la filosofía?, Barcelona, Herder.
Ortega y Gasset, José (1984), Historia como sistema, Madrid, Sarpe.
Marx, Karl (2011), El Capital, tomo I, volumen I, México, Siglo Veintiuno Editores.
Spinoza, Benedictus de (1975), Ética, Buenos Aires, Aguilar.


1 Jorge Luis Borges con Alicia Jurado (2000), Qué es el budismo, Madrid, Alianza Editorial.

2 SÁEZ A., Hugo Enrique, (2014) “Entrevista a Hugo Aboites sobre la privatización de la educación”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 19, abril-junio, 2014. Dossier 11: La privatización de la educación en América Latina. ISSN: 2007-2309. Consultado el lunes 21 de abril de 2014. Fuente: Pacarina del Sur - http://www.pacarinadelsur.com/47-dossiers/dossier-11/935-entrevista-a-hugo-aboites-sobre-la-privatizacion-de-la-educacion -.

3 Párrafo literal de Pierre Girard correspondiente a su obra Mentira romántica y verdad novelística, citado por José Antonio Millán Alba en “Los mitos según Pierre Girard”, pág. 4. Véase http://www.ucm.es/info/amaltea/revista/cero/05_Millan.pdf.

 

 

 

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