Revista tlahtoa
Publicación bimestral
Mayo 2017. Número 30

 

Las mujeres de Puente Madera

 


Biluuza ti ridxi
ndaani’ yánilu’.
ti ridxi naxiñá’
guizá’ dxichi
bitubi lu luuna’

Las extensiones de tierra esperan ociosas el temporal, sobre el camino se aprecian los campos amarillos poblados por apenas unos cuantos animales. Milpas sedientas dobladas bajo la inercia del sol. Respirar el aire caliente remite al asfalto que arde bajo los pies. Por momentos, el viento esparce la ceniza de los campos ennegrecidos, un día antes ardió el pastizal, grito urgente, señal de digna rebeldía. Puente Madera es uno de los puntos que media la carretera entre Tehuantepec y Juchitán. Dentro del territorio perteneciente a San Blas Atempa han desarrollado sus modos de vida, han adecuado sus necesidades a temporalidades extremas.

Las mujeres de Puente Madera se dedican a la venta de totopo para sustentar a sus familias, sobreviven al amparo del Cerro Igú y el paraje del Pitayal, arboleda natural que provee de animales de caza y de leña para los comizcales, hasta cinco o seis en cada casa. La falta de lluvia las obliga a comprar el maíz, costo que asumen por inopia, “ni en la refinería hay trabajo, nuestros maridos trabajaban en las compañías de la construcción, ahora ni eso, del totopo vivimos, quién va a comprar si todo mundo quiere vender”. Expresan con franqueza una dolorosa verdad: “Si las mujeres no trabajamos, no comemos”.

Visitar a las mujeres en su hábitat es adentrarse a ese universo femenino que se teje en complicidad con las otras, manejan los mismos códigos y saben que son parte vital del entramado social-comunitario al que pertenecen. Construyen en colectivo los rituales en torno a sus espacios cotidianos, reconocen su pesada y significativa labor con alegría y hasta con picardía: “cuando el señor no tiene trabajo, hay que estar todos los días sobre el comizcal desde las tres de la mañana hasta las diez de la noche, una cae rendida y ya ni siente cuando el marido entra ni cuando sale”.
mujeres zapotecasLos días se van uno sobre otro y ellas renuevan sus esperanzas sobre el maíz que reproduce todo un estatus cultural: el totopo que mercan en las plazas sabe a misa de maíz nuevo y sal. Sobre sus cabezas las tinajas que transportan el sustento, sus caderas cadencia y alegría de su origen de faldas multicolor al vuelo.
De pie bajo el inclemente sol de abril, mujeres, hombres y niños retan con la mirada, la rabia se trasluce en sus gestos, en su palabra: “La comunidad quería participar en el desalojo de las maquinarias pero no quiso la persona de gobierno que se comprometió con nosotros, es una burla, las maquinarias están quitando más tierra a marchas forzadas, se van a acabar el cerro, ¿cuántos años está el monte para sacar leña y no se acaba?”.

Conflictos como la devastación del Pitayal, la explotación del cerro Igú, el encarcelamiento de sus autoridades comunitarias y la agresión por parte de la autoridad municipal, han fracturado sus dinámicas cotidianas. Su autoridad comunitaria emitió un grito de auxilio y ellas respondieron. Han dejado de cocinar para sus familias, de preparar a sus hijos para la escuela, de limpiar la casa, lavar la ropa o salir a mercar sus productos en Juchitán, Tehuantepec o Salina Cruz.

Las mujeres de Puente Madera retan la inercia del tiempo y se dividen entre la cocina comunitaria y las guardias en la carretera. A la par de los hombres hablan, ven, escuchan, se expresan en Didjaxá: “no queremos la eólica, dónde vamos a recoger leña, donde vamos a ir por animalitos cuando no haya qué comer”. Se duelen por saberse fuera de un sistema que pareciera que las considera sólo cuando son útiles para sus fines: “aquí vienen cuando quieren el voto, nos  traen migajas de despensa, nos abrazan para después olvidarse de nosotros, no les importa nuestra cosecha, no les importa si muere uno, si mueren dos, si mueren tres, no importa. Derechos humanos no es para los pobres, nosotros no tenemos derechos de nada. No saben de qué estamos viviendo, por eso estamos luchando, porque no queremos ir a otro lado a vivir”.

Expresan en su lenguaje llano sus impotencias, saben que el mal gobierno poco o nada se preocupa por sus vidas sencillas. Donde ellas y ellos ven expresiones de vida, el capital ve recursos aptos de explotación sin considerar sus necesidades. El sistema gubernamental las vuelve estereotipos y pretexto para la implementación de sus programas sociales con el que ceban su falso concepto de “desarrollo”. Lucran con su pobreza. Ellas se niegan y generan sus propias opciones fuera del régimen que insiste en el intento de absorberlas como estadísticas.

Las muchachas y muchachos tienen oportunidad de estudiar en su comunidad hasta secundaria, después son pocos los que siguen su formación académica, la mayoría se integra a las dinámicas de trabajo: “nuestros hijos son campesinos como nosotros, cuando quiere estudiar se vende el borrego para darle estudio, cuando no se puede se van al monte a trabajar”. En el peor escenario se vuelven la carne de cañón que ceba la refinería, donde sólo emplean a los de planta y a los transitorios los obligan a hacer militancia y les dan contratos muy cortos que no garantiza la mínima protección laboral a su fuerza de trabajo.

El istmo de Tehuantepec refleja en su geografía una amplia biodiversidad, sin embargo, más importante todavía es su diversidad cultural . Por siglos, en este territorio han convivido numerosas culturas que a la fecha siguen replicando en sus usos y costumbres la cosmovisión de las culturas mesoamericanas y su relación con los elementos naturales, sus modos de vida nutren, además de sus referentes culturales, los ecosistemas que los rodean, respetan los ciclos y los tiempos de la naturaleza. Su lucha ha sido larga, primero por la explotación de su fuerza de trabajo, ahora, contra la hidra voraz y deshumanizante que no deja de reproducir megaproyectos: eólicos, minerías y gasoductos. El capital prescinde de todo lo que no represente una ganancia.
El conflicto generado por la entrada de un megaproyecto que pretende devastar el cerro Igú continúa. En respuesta, varias comunidades zapotecas de San Blas Atempa se han dado la tarea de defenderlo. Por el momento se ha levantado el espacio de resistencia que instalaron a la altura de su comunidad, pero los pueblos siguen organizándose. Ellas, ellos emprendieron la travesía que históricamente hacen los pueblos del Istmo, dejaron de manifestarse en la carretera y decidieron que caminara la palabra, llegaron a la verde Antequera, allá donde el ruido y el cemento le han puesto precio al viento del Istmo. Apuestan porque sus pasos den certeza a sus exigencias.

Inverosímil: quince días tiene la promesa de que en quince días resuelven su conflicto o se tienen respuestas a sus interrogantes. Las mujeres de Puente Madera ya saben del discurso de los que se asumen como poderosos, los hombres crispan los puños, los jóvenes contienen la respiración. La madre tierra, sufre, se convulsiona y absorbe pacientemente la violencia irracional que la rodea.

Las comunidades indígenas del Istmo de Tehuantepec han sido las más golpeadas por las dinámicas de despojo y marginación desde que los megaproyectos extractivistas empezaron a tomar como botín sus tierras, si uno revisa la geografía hay un antes y un después evidente, los cambios en la infraestructura son significativos, no así los cambios sociales,  al contrario de lo prometido por los corporativos, la economía local y el tejido comunitario se ha desgastado de tal modo que los empobrecidos son cada vez más y con menos posibilidades ante las dinámicas que se gestan desde el capitalismo y su lógica de consumo.

La mujer zapoteca ha impulsado la lucha social de los pueblos originarios en contra de quienes invaden su territorio. Las mujeres de Puente Madera tienen la fuerza, la decisión y el valor que las caracteriza como guerreras de herencia milenaria. Se rebelan, rompen con la lógica consumista, se autosustentan y generan solidaridad comunitaria. Son parte de la fuerza matriarcal que sostiene parte importante de la economía local. Son muestra viva de que la cultura es una constante que se reproduce más allá de las instancias gubernamentales. Ellas saben y se reconocen como el eje que articula la dignidad de sus pueblos. Han ofrecido su palabra a la tierra y ahí estarán, siempre de pie para defenderla.

Centro de Derechos Humanos Tepeyac del Istmo de Tehuantepec AC. (REDECOM)
Red de Defensoras y Defensores Comunitarios de los Pueblos de Oaxaca

 

Víctor Terán. Huadxí que ziyaba. Fragmento Caía la tarde:
“De tu garganta un grito quebrado, un grito rojo todo entero rodó sobre la cama”

“[…] estas sociedades se han relacionado con su entorno, creando conocimiento sobre él y transformándolo de tal suerte que podemos decir que el entorno natural del Istmo es una construcción cultural y que la cultura es una construcción que tiene una relación estrecha con la naturaleza del área geográfica en cuestión” A. Saynes, Istmo de Tehuantepec: un paisaje biocultural construido históricamente. http://bit.ly/2quT14ERecuperado el 02 de mayo del 2017.

 

 

 

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