Revista tlahtoa
Publicación bimestral
Marzo 2018. Número 35

 

¿Son los organismos genéticamente modificados (OGM) la solución  para el problema de la alimentación del planeta?

Dr. José R. Rodríguez Moreno
Director del Área de Agroecología
Maestría en Agroecología y Sistemas Alimentarios Regenerativos
Universidad del Medio Ambiente
Valle de Bravo. Edo. De México

 

¿Qué tan peligroso puede ser para la salud humana y para la sostenibilidad de los ecosistemas, el uso y la incorporación de los productos transgénicos (OGM) como práctica agrícola estandarizada para la producción y consumo de alimentos?, ¿es tan peligrosa como aparenta y como se presenta ante la sociedad?, ¿son los transgénicos una potente y nueva herramienta para avanzar en la agricultura moderna y en la implementación de nuevas tecnologías a fin de paliar el hambre del mundo?, ¿ o es solo una nueva envoltura pero más sofisticada, de la vieja receta de producción agroquímica que ha ocasionado tantas afectaciones a los entornos productivos?

En un artículo reciente en el Huffington Post, Charles Eisenstein (2018) colaborador de la revista, recogía la opinión del Rector de la Universidad de Purdue, Mitch Daniels respecto a la conveniencia de implementar y generalizar el uso de estas biotecnologías. Daniels argumentaba que los organismos genéticamente modificados (OGM) deberían ser promovidos e impulsados en la agricultura convencional sin ningún temor y con la mayor confianza posible. El argumento de Daniels es el siguiente : “la seguridad para la salud de los seres humanos y de los ecosistemas por el uso de los OGM, aún no ha sido científicamente cuestionada o invalidada. De hecho, ya existe suficiente evidencia científica para argumentar que la biotecnología es una ciencia sólida y de provecho para la humanidad. Consecuentemente, es inmoral negarle a los países en desarrollo esta tecnología agrícola que están necesitando para aumentar su producción de alimentos y alimentar sus crecientes poblaciones. Los debates recurrentes e interminables en contra pareciera que nunca van a acabar. Estos grupos anti-GMO corresponden a consumidores ricos autoindulgentes, que amenazan a los menos afortunados con la hambruna. Es inmoral que ellos impongan sus supersticiones a los pobres y hambrientos” (Eisenstein, 2018)

A fin de explorar y analizar las consideraciones de Daniels, vamos a mirar de cerca algunas de las premisas que este argumento da por sentadas. Primero, ¿son ciertamente seguros los OMG?, y segundo, ¿ los OMG, en general, muestran una mayor productividad que los cultivos tradicionales o las formas tradicionales de producción agrícola?.

Lo primero que debemos reconocer es que las afectaciones en los ecosistemas y en la salud de los seres humanos, como consecuencia del uso de los transgénicos, son un tema científicamente mucho más controversial y complejo de lo que el señor Daniels presenta. El problema está en que es difícil que la ciencia y que los científicos se pongan de acuerdo, sobre que es “afectación” y sobre el grado de afectación. Ante la ausencia, aún de evidencias concluyentes, muchos países, sobre todo de Europa, prefieren implementar un pragmatismo netamente precautorio, es decir, no se siembra ni se consume mientras no se compruebe su inocuidad, un principio que se conoce, ya globalmente, - como el Principio Precautorio.

Pero en otros países, la duda y la indagación sobre los efectos de los OMG no es un tema prioritario, ni está en sus intereses. En Estados Unidos por ejemplo, la mayoría de las universidades donde se estudia ingeniería agronómica reciben apoyos económicos muy importantes de las Compañías Agro-biotecnológicas, “en las cuales, de acuerdo a Scientific American se han aplicado a su interior, el poder de vetar los trabajos de investigadores independientes “ (Eisenstein, 2018).

Ya que los transgénicos son propiedad de estas compañías, “ellas aplican un veto o restringen el estudio o el desarrollo de investigaciones sobre sus productos y los investigadores son sometidos a un intenso escrutinio antes de autorizarlos. (Eisenstein, 2018). Entonces, póngase ahora en los zapatos de un estudiante – investigador de Agronomía de la Universidad del Purdue, que desea explorar y analizar de manera científica los pros y contras de los transgénicos, ¿cómo piensa usted que sus iniciativas serán recibidas?.

Esto no quiere decir que no hayan investigaciones sobre el tema. Como anteriormente he planteado, hay un gran número de investigaciones que arrojan serias dudas respecto a la seguridad de los transgénicos, pero la mayoría están publicadas en Europa y Rusia, donde el entusiasmo por los transgénicos no es tan apasionado como en EEUU. Para una revisión metódica y comprensiva de este tópico puede ir al libro “Mitos y verdades de los transgénicos” (Fagan, Antoniou y Robinson, 2014) y encontrará una gran cantidad de artículos de revistas indexadas serias que no pueden ser fácilmente despreciados como superstición. Por otra parte, es fácil entender el razonamiento de Daniels, respecto a que los argumentos que utilizan los oponentes a los transgénicos se basan en elementos pocos científicos. En la actualidad, buena parte de la estructura científica norteamericana, en materia de biotecnologías, apoya decididamente el desarrollo científico proveniente de este sector, es decir de las compañías que en la actualidad producen OGM. Consecuentemente, cuando uno se opone a los transgénicos, querámoslo o no, debemos también cuestionar la imparcialidad y la objetividad de estas instituciones científicas, ya sean universidades, revistas, agencias gubernamentales, etc.

La oposición a los transgénicos solo adquiere sentido cuando abordamos el análisis de una manera integral, es decir a partir de una crítica socio-ambiental mucho más amplia, donde también debemos incluir a las instituciones científicas. Si usted es de los que considera que estas instituciones operan correctamente, y cree a rajatabla en sus epistemes, entonces encontrará, como lo hace Daniels, que en efecto es incomprensible que haya gente que se oponga a los transgénicos.

Conclusiones similares pueden generarse a partir del análisis de la segunda premisa, en el sentido que la agricultura de alta tecnología puede alimentar al mundo. De igual manera, la oposición a esta aseveración sólo adquiere sentido cuando nos cuestionamos los sistemas de manera más profunda y crítica. Ciertamente, si uno compara un campo de monocultivo de transgénicos, que pudiese ser alguna variedad patentada de maíz o de soya de Monsanto, con un campo sembrado de alguna otra semilla no transgénica, y si mantenemos todas las variables constantes durante la prueba, los resultados mostrarán que las semillas transgénicas superan a las segundas en volumen producido por hectárea, es decir en productividad. Pero, ¿qué ocurre si usted llegara a comparar no sólo un campo de prueba con un monocultivo, sino más bien un sistema agrícola con respecto al otro?. Bajo estas nuevas condiciones de evaluación, la primera de las premisas presentada por el sector biotecnológico, que dice que las nuevas generaciones de semillas transgénicas generan una mayor productividad en el campo-, no necesariamente se valida, como están demostrando un gran número de experiencias recientes en distintas partes del mundo (FAO, 2010).

Lo primero que hay que reconocer es que se ha demostrado que las unidades de producción de pequeña escala, o pequeñas fincas, pueden superar a las grandes fincas en términos de productividad. Esto primeramente fue observado por el premio Nobel de Economía Amartya Sen en 1962. Lo cual ha sido confirmado por numerosos estudios en varios países. El más reciente de estos estudios sobre pequeñas fincas, fue realizado en Turquía (Eisenstein, 2018), en unidades de producción con una fuerte base de agricultura campesina tradicional. Los resultados demostraron como las pequeñas fincas superan a las grandes fincas por un factor de 20, a pesar de no haber adoptado las prácticas modernas mecanizadas propuestas por la agricultura convencional. De igual manera, Altieri y Nicholls (2012), han realizado un barrido amplio y metódico recabando experiencias en toda América Latina y las evidencias corroboran contundentemente los resultados anteriores .
Sin embargo, debe reconocerse también, que los estudios científicos típicamente muestran que si se analiza como única variable a la producción, los resultados de la lógica orgánica son inferiores a la producción convencional. No obstante, debemos mirar más de cerca los resultados de estos estudios. La productividad de pequeñas unidades productivas mixtas son difíciles de medir según los estándares caracterizados por la agricultura convencional, ya que ellas producen típicamente un conjunto de cultivos que muchas veces no encuentran el camino a los mercados, sino que van directamente a ser consumidos por las propias familias que los producen y/o a mercados locales, muchas veces haciendo uso de economías no monetarizadas. Adicionalmente, las formas tradicionales de producción agrícola a menudo implementan estrategias de siembra con múltiples productos intercalados, y en diferentes proporciones, según las necesidades y las condiciones locales de mercado.

Un sembradío de maíz trabajado orgánicamente tendrá menor productividad que un campo de maíz de transgénicos, pero, cuando consideramos la productividad total de un campo que además de maíz siembra frijoles, calabazas, amaranto, chiles, plátano, malanga, quelites y todo un abanico adicional de vegetales menores que aparecen en la compleja y diversa milpa mexicana. Esto sin contar que adicionalmente, estas unidades productivas cuentan con animales de traspatios menores que pastorean libremente, comiendo insectos e intercambiando excremento con el suelo, así como prestando un conjunto de servicios ambientales de alto valor para el productor y su unidad productiva. Las evidencias a favor de estas “complejas” unidades productivas se siguen acumulando día a día.
Estos resultados se consiguen como consecuencia de la acumulación de saberes, tradiciones y experiencias multigeneracionales - en relación íntima con su unidad productiva, lo cual ha tomado largo tiempo en sedimentarse y en apropiarse por parte de los miembros que forman esa comunidad. Un proceso de construcción de conocimiento basado en prácticas de prueba y error que han sido la base para los procesos de domesticación de tantas variedades en AL y el mundo.

La comparación entre la agricultura orgánica y la convencional, a menudo utiliza a las fincas orgánicas, recién convertidas de antiguas prácticas convencionales, como referentes de estudio y muy pocas veces consideran las fincas que se han ido consolidando en el tiempo estableciendo una relación rica y compleja en conocimiento y mejoramiento de suelo y prácticas ecológicas, - lo cual puede tomar hasta varias décadas que ocurra.

Otro factor que normalmente no se considera, es que los métodos agrícolas orgánicos están bajo continuo cambio y mejoramiento. De tal manera, que si evaluamos estas prácticas en el tiempo, notaremos como se van enriqueciendo de nuevas experiencias y nuevos aportes de manera dinámica y continua, y por supuesto, desde diferentes enfoques culturales o improntas culturales que caracterizan a cada zona y que han consolidado un corpus de conocimientos y saberes que se manifiestan en la paleta de sus prácticas agrícolas.

Un par de experiencias sobresalientes que ilustran lo anterior, se pueden evidenciar en la zona de Valle de Bravo, Estado de México. La primera de ellas, la finca orgánica de Orlando Reyes, ubicada en Santa María Pipioltepec y la segunda, la finca integral de Manuel Fonseca en San Bartolo Amanalco. Se trata de dos unidades productivas que han logrado incorporar estrategias de diversificación y mejoramiento de suelo año tras año. Además de utilizar una compleja mezcla de siembras, conjuntamente con una estrategia multicapas de cosechas intercaladas y rotadas durante el año, que no sólo permiten aprovechar al máximo la luz solar, sino también establecer sinergias virtuosas entre las diferentes plantaciones, a la vez que permite una dinámica de extracción y de reposición de nutrientes al suelo, por medio de la rotación y asociación de cosechas y cultivares durante todo el año.

Un elemento fundamental en estas unidades productivas es la reducción en la entrada de insumos que se incorporan a la finca. En ambas unidades productivas la elaboración de compostas líquidas y sólidas, así como la elaboración de biofertilizantes, sustancias orgánicas de control de plagas, lombricomposta, y otras prácticas agroecológicas, permite reducir enormemente los gastos típicos que están involucrados en la agricultura convencional. De tal manera, que al eliminar la compra de fertilizantes, herbicidas , plaguicidas, fungicidas, etc., dichas fincas logran generar productividades nunca alcanzadas por prácticas convencionales, incluyendo las transgénicas.

Debe reconocerse, que, en ambos casos, los productores han logrado identificar y asociarse exitosamente con las diferentes particularidades del lugar, lo cual se refleja en una interrelación muy satisfactoria con las condiciones del microclima local, con la vocación del terreno, los distintos cultivos aptos a la zona y sus respectivas variedades, las iniciativas diferenciadas del productor, la conectividad al mercado, con las variadas y complejas estrategias productivas. Lo cual ha permitido que dos unidades productivas de 3 has, luego de haber recorrido caminos distintos, se hayan transformado en un período de siete años en unidades productivas con alta productividad integral operando bajo el episteme orgánico.

Esta es parte de la riqueza y diversidad que permite la agroecología, y que cuesta tanto trabajo evaluar bajo las condiciones del clásico estudio científico agronómico, que caracteriza las prácticas agrícolas convencionales. Al respecto la ciencia depende del control de las variables en cualquier estudio que realiza. De tal manera, que si deseamos estudiar la eficacia de una cierta práctica agrícola, normalmente se establecen condiciones de estudio, donde se usan ciertas unidades pilotos para desarrollar la evaluación, a la vez que se utiliza una parcela como unidad de control. Es evidente que este método científico, muy difícilmente puede implementarse al esquema agroecológico, ¡donde rara vez encontraremos dos unidades productivas similares ¡.
Esto nos lleva a concluir que, a fin de que la agricultura orgánica funcione, el modelo industrial de partes y procedimientos estandarizados, que caracteriza la agricultura agroquímica, debe ser sustituido por un modelo de relaciones y de unidades que se sinergizan para una determinada condición local. Debemos resaltar también, que las llamadas prácticas orgánicas que utilizan el modelo industrial son una versión simplificada o un remedo inferior al modelo de agricultura convencional. Si damos por sentado el modelo que plantea el Rector de Purdue, en efecto se requerirá una sucesión interminable de nuevas sustancias químicas y de transgénicos que vayan sustituyendo, en nueva versiones “ mejoradas” a los anteriores, y que aparezcan cada cierto tiempo a medida que las resistencias a sus compuestos se vayan manifestando, a fin de compensar las necesidades que se requieren en una agricultura agroquímica. Una lógica productiva que genera un conjunto de colaterales que ya no miramos y que aceptamos como el precio que debemos pagar para tener alimentos en nuestras mesas.

Colaterales, que sumados en el tiempo han generado un conjunto cada vez mayor de pasivos ambientales y afectaciones ecosistémicas que ya están dando muestras de su gravedad en la llamada “Sociedad del Riesgo Global” (Beck, 2006) en que estamos inmersos. Estos colaterales incluyen entre otros: la pérdida fertilidad del suelo a medida que más y más fertilizantes se usan en ellos; la pérdida de suelo y erosión; la aparición de hierbas resistentes a los nuevos herbicidas, aún en las semillas que han sido diseñadas genéticamente con este propósito; la evolución de insectos resistentes a los plaguicidas; la pérdida de la diversidad del planeta; el cambio intensivo de uso de suelo; la desertificación progresiva del territorio, etc. Si aceptamos la lógica agroquímica, propuesta por esta nueva “revolución verde”, entonces debemos obligatoriamente aceptar que para mantener este sistema necesitamos intensificar estas prácticas y consecuentemente aumentar la degradación de nuestros capitales naturales y territorios productivos. Pero, ¿ qué tenemos como alternativa?, ¿podemos pasar a un nuevo sistema que sea verdaderamente orgánico y que genere los alimentos del futuro sin degradar los entornos, para una población cada vez más numerosa?. Lo anterior, representa el mayor de los retos para una ciencia nueva como la Agroecología, ya que para lograrlo se requieren un conjunto de acciones concatenadas que apunten y se conecten con este fin.

La primera acción requerida es que se debe favorecer el aumento en el número de personas trabajando en el campo cultivando alimentos, ya que para obtener los altos volúmenes necesitados, sólo se podría obtenerse con una mayor mano de obra. Por otra parte, la ventaja está en que trabajar en unidades de producción diversificadas de pequeña escala, no necesariamente involucra el trabajo pesado y rutinario que caracteriza a las fincas industriales de gran tamaño. Con el beneficio adicional que una mayor cantidad de personas se arraigarán con mayor firmeza a sus entornos locales, reduciendo el jornaleo parcial y permanente que eventualmente conduce al abandono de sus parcelas, un fenómeno que ha caracterizado las relaciones rurales los últimos 50 años

Hoy gracias a una mayor mecanización, en los países industrializados, 1 o 2 % de su población está involucrada en prácticas agrícolas. Este número debe aumentarse hasta alcanzar un 10% a fin de satisfacer las demandas de alimentos de ese país (Eisenstein, 2018). También se requeriría que un volumen mayor de alimentos sea cultivado en huertas urbanas y rurales, es bien sabido que ya estas tendencias se pueden observar en muchos países industrializados como Japón, Francia, Inglaterra, lo cual es indicativo que es una meta lograble. En Rusia, por ejemplo, las pequeñas Dachas, unidades productivas que caracterizan los sistemas agrícolas rusos producen el 80% de los vegetales que se consumen, y casi la mitad de las demandas de leche del país (Eisenstein, 2018).

En la actualidad, la ciencia agronómica que se enseña en nuestras universidades ha dado pocas señales de cambio en explorar estas nuevas alternativas y acometer una formación sistemática en agroecología. Hay países donde ni siquiera se consideran como pensa curricular con algún valor para abrir seminarios, cursos, talleres. Es en estos países donde las apreciaciones de Daniels calan más profundo, muy a pesar de que las evidencias van apuntando en otra dirección.

Opiniones como estas, debemos aceptarlas como las opiniones sinceras de un hombre que realmente las cree, pero que demuestran un nivel de desesperación de gente altamente preparada e inteligente, que está haciendo todo lo posible por hacer funcionar un sistema y unas prácticas, cada vez más sofisticadas (lo que antes fueron hibridizaciones cruzadas, ahora a dado pie a manipulaciones genéticas), que a todas luces está haciendo aguas por donde se mire. A mi entender, son solo fuegos artificiales y promesas de una revolución similar a la anterior, pero más sofisticada, y que inevitablemente, en el corto y mediano plazo, revelará resultados similares, no sin antes dejar un reguero de daños a los patrimonios naturales de los países que las adopten. Y otra vez nadie será responsable de resarcir o restaurar todas esas afectaciones .

Una visión distinta del futuro está emergiendo, una que considera que el estado actual del conocimiento agronómico no debe darse por sentado. Es un futuro donde la producción de alimentos está basada en prácticas locales, donde una mayor población está involucrada, y de manera más entusiasta en el campo; donde la producción de alimentos y el ser campesino ya no son vistos como una labor de ignorantes o gente empobrecida, y donde la agricultura ecológica será la palanca de regeneración de la tierra degrada por las antiguas y nuevas prácticas agroquímicas.

Las posiciones en contra y a favor de los transgénicos permanecerá irreconciliablemente polarizada mientras estas grandes preguntas permanezcan sin examinarse. Lo que está en juego es algo mucho más grande respecto a la conveniencia de uno o de otro sistema, el usar transgénicos o no es una decisión entre dos sistemas de producción muy diferentes, como dos visiones distintas de sociedad, y dos maneras fundamentalmente diferentes de relacionarse con las plantas, con los animales, con el suelo, es decir con lo que somos: una parte inseparable de la naturaleza.

 

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